“Los libros son obra de la soledad e hijos del silencio”. M. Proust

Caminar sobre las aguas

Por Alberto Infante • 16 Ago, 2008 • Sección: Cuentos

Llegaron de Beni Mellal, de Juribga, de Kalaat Sraghana. En camiones camuflados, arracimados como ovejas, sin espacio y sin aire. Los trajeron de noche para evitar a la policía. Pasaron dos semanas ocultos en unos roquedales esperando una partida que nunca llegaba. “Mañana, mañana” repetían, taimados, cada madrugada los traficantes.

Llenaban el tiempo soñando con lo que harán cuando lleguen. Con eso, y reparando la barca. Fabricada a toda prisa: listones mal cortados, timón demasiado pequeño, calafateado incompleto. Esa tarde los traficantes - un viejo rifeño y cinco bereberes fornidos - llegaron con un viejo motor y tres bidones de gasolina. Luego, a punta de navaja, les quitaron los relojes, los móviles, lo poco de valor que aún les quedaba. No protestaron. “Buena señal” decían los entendidos, los que repetían intento. “Significa que partiremos pronto”. Derrotados por el hambre y la falta de sueño, los suben a los camiones antes de que amanezca. Los llevan hasta la costa.

Embarcan de madrugada. ¿Cuántos? Ninguno se para a contar: cuarenta, tal vez cincuenta. La mayoría hombres. También hay media docena de mujeres y tres o cuatro críos. Viajan sin espacio para moverse, rezuman sudor propio y ajeno. La humedad y el frío les roen por dentro. Nada más perder de vista la costa una ola golpea la popa y para el motor. Se miran. Tiemblan. Tras una tensa espera, azotados por un mar que no acaba de serenarse, uno que entiende consigue arrancarlo. Dos horas más tarde, otra ola inunda la barcaza y el motor se para de nuevo. Ni las blasfemias, ni la actividad febril del improvisado patrón logran ponerlo en marcha.

Achican con las manos, las gorras, los zapatos…, con trozos de bidones de gasolina cortados a navaja. Temen zozobrar en cualquier momento. Una hora. Dos. Tres. Les han dicho que, con suerte, la travesía duraría no más de seis pero solo Alá sabe. Pierden la noción del tiempo. El agua entra por todas partes, amenaza ganar la partida. Pasa una hora más, tal vez dos. Por la izquierda la oscuridad es espesa, casi sólida. Por la derecha, una tenue línea clara comienza a separar aguas y cielo.

Entonces el chico se pone a gritar. Gesticula, implora, pide ayuda pero solo el mar responde a sus gritos. Luego comienza a reír. Durante un rato se ríe a carcajada limpia. Al principio todos le miran. Después dejan de mirarlo y se encierran en sus pensamientos. De pronto, el chico deja de reír y, con gesto serio, anuncia que no quiere seguir, que ha decidido regresar a casa a pié, caminando sobre las aguas. Antes de que puedan disuadirle o sujetarle, se pone en pie y salta por la borda. Algunos intentan socorrerle pero no lo logran. Dos o tres más le imitan al poco. - “La muerte, así, será menos dolorosa” - dicen. Luego saltan. El resto les mira un instante con la cabeza baja. Luego deja de mirar.

De los cuarenta y ocho ocupantes, diez perecen de ese modo antes de que la embarcación sea avistada. Nadie sabe sus nombres, tampoco el del chico que saltó primero. La mayoría dice que no tendría más de dieciséis años.

Alberto Infante (Pequeños cuentos mestizos, 2005-2007)

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