"En lo radical y poético es donde habita lo humano” Doris Salcedo

Volvería a subirme

Por Alberto Infante • 16 Ago, 2008 • Sección: Cuentos

El escritor lleva meses buscando tema para un nuevo libro. Lleva así más de un año, tiene facturas atrasadas y una hipoteca a punto de vencer pero lo peor no es eso. Lo peor es la sensación de inutilidad, el vacío que le despierta cada mañana y no le suelta ya durante todo el día. Esa tarde, en la estación de autobuses, escucha una conversación entre dos hombres (¿ejecutivos de mediano pelo, representantes de comercio, empleados de banca?). Capta solo un par de frases pero no le cuesta imaginar el resto.
- Vergüenza debería darles traernos su mierda - dice uno.
- Eso es puro racismo - replica el otro - Venden porque les compramos. No es su mierda sino la nuestra.
El escritor compra un periódico. En contraportada, una mujer joven besa a un recién nacido. Su rostro es hermoso, con dientes blancos y grandes ojos negros. Nigeriana. Vino en patera de Casablanca a Fuerteventura embarazada de ocho meses. Estuvo a punto de ahogarse.
- En las mismas circunstancias volvería a subirme - afirma. Y sonríe.
En la revista del vecino de asiento, a todo color y a doble página, un joven rapero, millonario antes de cumplir veinticinco, pontifica:
- Lo peor del mundo es la gente - dice - Si pudiera cambiar algo del planeta, sería la gente.
El escritor repasa las propuestas que ha recibido en el último mes: dirigir la sección de vida social en un semanario de gran tirada y moderar una tertulia política radiofónica en horario de máxima audiencia. No son incompatibles y en las dos pagan bien. Demasiado bien.
De joven el escritor se ganó fama de despiadado por su lengua afilada y su corrosivo estilo. Su divisa era la de Bierce: - “Mojar la pluma en acíbar y escribir con las tripas”. Pero ya no es tan joven y en este negocio no hay coincidencias. Quienes le llaman hoy no lo hacían hace solo cinco o seis años. Sabe lo que significa aceptar y lo que significa no hacerlo.
Con los ojos entornados, ve dos turismos parados en el arcén. Son automóviles viejos, con matrículas francesas, repletos de pasajeros y bultos. Hombres morenos, con bigotes poblados y barbas mal afeitadas, gesticulan y discuten. Mujeres voluminosas con pañuelos en la cabeza cuidan de niños pequeños vestidos con vaqueros y camisetas. Uno de los coches tiene el capó levantado. De su interior sale una espesa nube blanca. No es una visión triste, si acaso un punto melancólica y más bien lejana. Pasa aquí, pero podría estar sucediendo en otro sitio.
“Debería tomar alguna nota”, se dice. “Se podría hacer algo con esto”.
Medita de nuevo en las ofertas. Se ve aceptando. Sin la menor sombra de duda. Con una apabullante sensación de inevitabilidad. Se dice que estaría bien sentir algún resquemor, algún remordimiento. Se observa unos instantes y nada.
“Una pena” se oye decir “Una verdadera pena”.
Se queda dormido.

Alberto Infante (Pequeños cuentos mestizos, 2005-2007)

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