"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Una mujer de recursos

Por Alberto Infante • 31 Mar, 2011 • Sección: Otros

El problema era que se había quedado rígido. Había muerto de madrugada, el invierno es duro en la montaña palentina y la casa no tiene calefacción.

Había muerto sentado a la mesa del comedor, con la barbilla apoyada sobre la mano izquierda, y ella no se dio cuenta hasta las ocho y media, cuando se levantó para preparar los desayunos, y aunque llamó corriendo al médico éste llegó pasadas las nueve y media para certificar lo evidente, “por mí pueden ir llamando ya a la funeraria y luego se pasan por la consulta a recoger el certificado”, dijo, y allí les dejó, a ella y a las tres hijas, con el fiambre cuestas, nunca mejor dicho, porque entre las tres tuvieron que cargarlo hasta el dormitorio, y ya durante el trasporte les sorprendió lo avanzado de la rigidez, no había forma de ponerlo derecho, de doblarle las rodillas o de estirarle el codo, y para vestirlo se las vieron y se las desearon, “no sé yo” dijo la mayor de las hijas, “como lo van a poder meter, duro como está, que él flaco y nervudo en vida ya era, pero así, tan tieso y tan muerto…”, “pues algo habrá que hacer antes de que lleguen” dijo la segunda, “en tres cuartos de hora han dicho y no sé cómo…” añadió la tercera, pero ya la madre, campesina toda su vida, y mujer de remango, guarra y más basta que la lija del cuatro a decir de las vecinas, pero decidida y enérgica, eso no puede negarse, tres partos y los tres en casa, se ocupa de las vacas, trasquila las ovejas, destaza los cerdos, siempre fue quien llevó los pantalones en esa casa, si a eso se le puede llamar casa, malmetían las más deslenguadas, ya ella estaba dando como siempre las órdenes “ponedle la camisa nueva, pero del revés y bien abrochada” dijo “y traedme el mazo, el grande, el que está en el pajar”, de forma que cuando llegaron los de la funeraria encontraron el cadáver preparado, vestido con camisa blanca y traje negro (su viejo traje de boda) y no tuvieron problemas para meterlo en la caja, porque fueron la mujer y las hijas quienes lo hicieron, “a mi marido y padre de éstas” les dijo la mujer con cara de pocos amigos “solo lo tocamos nosotras”, y no era caso de ponerse a discutir, “cosas más raras se ven en este oficio” murmuraron “y si tienen ese último capricho, qué mal hay en ello”, solo que al inclinar el féretro para bajarlo por la escalera, que era estrecha y de techo bajo, y luego, al meterlo en el furgón, y todavía después, en el cementerio, mientras lo cargaban para acercarlo a la fosa, les sobresaltó un ruido que nunca habían oído que, tal como contaron luego a cuantos quisieron oírles, era como un sonido como de piezas sueltas chocando unas con otras, como si el contenido de la caja no fuera el cuerpo, más o menos rígido, de un viejo muerto en pleno invierno sino un saco más o menos informe de huesos sueltos y de ternillas descoyuntadas.

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3 comentarios »

  1. Un hecho macabro contado de modo tal que no suena macabro. Pueden más la fuerza descriptiva y la destreza en perfilar los personajes. Buen cuento.

  2. Colosal tu último relato. Un placer. Casi que estaba con ellas en “esa casa, si a eso se le puede llamar casa”, viendo al pobre muerto “sentado a la mesa del comedor, con la barbilla apoyada sobre la mano izquierda” mientras amanecía.

  3. Ya lo creo que hay casas como esa y más lugubres aún, mujeres fuertes y desesperadas como las del relato. Extrañarse de ello después de tanto como se lee en períodicos o se vé por la tele o el cine, es lo que a estas alturas de como está la vida, choca.

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