"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Al cielo sometidos - Reynaldo González

Reynaldo González: “Al cielo sometidos”

Conocí a Reynaldo González de la mano de Marisol Marín y de Pilar Perez-Fuentes el mismo día que él vino a Madrid a presentar este libro y quedamos a cenar los cuatro un par de días depués.

Durante la cena hablamos, cómo no, de literatura, de política, de Cuba, de España y del libro. Nos contó que había tardado en escribirlo casi seis años pues desde un principio se impuso la tarea de recrear el lenguaje de finales del siglo de oro XV partiendo no solo de la literatura de entonces sino, reto aún más excitante, del lenguaje hablado de la época. Para lo cual, hubo de bucear en las actas de la Inquisición guardadas en el Archivo de Indias que, probablemente, son el registro más aproximado con que contamos.

La presentación no se hizo en un local cultural sino en un bar de ambiente cubano cercano a la puerta del Sol y, para asombro de los asistentes, la editorial no aportó al acto ejemplares del mismo sino que en su lugar distribuyó un libro de recetas de cocina caribeña. Reynaldo presentó pues su obra, en gran parte ubicada en un prostíbulo de Palos de Moguer, mitad burdel mitad convento, en un cosmopolita ambiente tabernario del Madrid mestizo de comienzos del siglo XXI, haciendo gala de un notable sentido del humor y como si tal cosa.

Tropecé con el libro de nuevo en la sección de novedades de unos grandes almacenes dos semanas después, cuando Reynaldo ya se había ido, y lo dejé reposar casi un mes en un estante de la librería del salón junto a otras compras recientes. Una noche de incipiente insomnio lo tomé casi por azar y empecé a hojearlo, y ya no pudo ser.

Pues la historia de sus dos pícaros protagonistas, tahúr hijo de converso el uno, descuidero hijo de cristiano pobre el otro;  y la de Remigia, la desconcertante abadesa prostibularia; y la Abundio Centellar, inquisidor tonante y crápula; y la de Colón con Isabel de Castilla; y la de Hortensia, Brígida y Esmeralda, las “niñas del burdel”, tan procaces como recatadas, me atrapó de tal modo, que el libro me acompañó durante las quince horas de vuelo a Bangkok vía Frankfurt, y yo acabé dialogando con él como con un viejo amigo a quien hace mucho que no se ve y resulta una suerte volverselo a encontrar en el cerrado espacio de una fila de asientos en clase turista durante un viaje tan largo.

Leerlo me hizo evocar el camino andado por la literatura en español entre el “Guzmán de Alfarache” y “El Reino de este mundo”. También pensé en la cantidad de historias maravillosas que nos hemos perdido hasta ahora los españoles - y muchos hispanoamericanos - por no haber sabido explotar como merece el inmenso filón de la novela histórica del Descubrimiento. Y sentí de pronto una gratitud inmensa hacia este escritor cubano que había viajado desde el otro lado del oceáno para, con sabiduría y modestia, devolverme sin yo pedírselo una parte de mi propia historia.

Alberto Infante