"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Cómo hablar de libros que no se han leído-Pierre Bayard.

Este un libro delicioso, uno de esos ejercicios de erudición, inteligencia y sentido del humor que nos devuelven el gusto por la literatura y los libros al tiempo que desmonta muchos de las falacias, las hipocresías y las trampas con que, a menudo, se sustenta la “crítica” literaria (o lo que habitualmente se tiene por tal)

Bayard, psicoanalista y profesor de literatura en Paris, presenta una serie de ejemplos en su mayoría extraídos de la vida literaria francesa, que demuestran cómo se puede hablar y escribir con aparente solvencia, “dándoselas de entendido”, sobre libros o sobre autores que no se han leído, no se tiene intención de leer, o de los que se dispone de una información escasa por no decir nula. Y hacerlo no sólo en familia o en tertulias de amigos, sino en la Universidad, en la Academia, en revistas literarias, en diarios o en televisión. Una situación, que, como los casos mostrados ponen de relieve, se da con mayor frecuencia de la que imaginamos.

Y, sin embargo, organizado con la estructura de un libro de autoayuda, irreverente a ratos, “Cómo hablar de libros que no se han leído” es mucho más que una ordenada (de mayor a menor ignorancia sobre el libro de que se trate) sucesión de situaciones y anécdotas curiosas, sorprendentes o insólitas. En realidad se trata de una reflexión psicológica profunda sobre el verdadero significado de la lectura. ¿Por qué nos cuesta admitir que no hemos leído, o sólo superficialmente, El Quijote, A la busca del tiempo perdido, o El hombre sin atributos? ¿Por qué leemos unos textos y no otros? ¿Puede considerarse verdaderamente culto quien no se atiene al “canon” de su cultura? ¿Qué leemos cuando leemos? ¿Cuánto de nosotros mismos proyectamos al leer? ¿Por qué recordamos haber leído ciertos pasajes y olvidamos otros? Dicho de otro modo, ¿hasta qué punto cada lector reelabora el texto que lee o incluso, de forma más o menos consciente, lo sustituye por otro?

Los ejemplos presentados por Bayard son memorables. Si tuviera que destacar uno, me quedaría con aquél en que describe cómo Paul Valèry, obligado por el protocolo a leer el elogio de Zola, su antecesor en el sillón que le tocó ocupar en la Academia francesa, y de quien era público que tenía a gala no haber leído una sola novela, consiguió su propósito sin que nadie pudiera criticarle pese a no citar ni una sola vez en su discurso el nombre de su antecesor ni el título de una sola de sus obras. Una proeza, sin duda.

En una entrevista al diario Clarín, el autor reivindicaba tanto el derecho del intelectual a escribir ensayos menos sesudos y más irónicos como el de cada lector a trazarse su propio recorrido, a leer (o no leer) cada libro del modo más conveniente en cada momento. En resumen, no solamente a leer o no leer determinados libros sino, lo que en su opinión es aún más importante, a convivir y a dialogar con ellos.

Se pueden compartir o no las reflexiones del autor, él mismo un apasionado de la literatura y los libros, disentir o aceptar su tono deliberadamente provocador, pero desde mi punto de vista ninguna es ociosa. O por lo menos ninguna me dejó indiferente.

En resumen, Bayard logró su objetivo: me leí su libro del principio al final… y disfruté con ello.