"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Concierto Barroco - Alejo Carpentier

CONCIERTO BARROCO

Alejo Carpentier

Encontré por azar un ejemplar de “Concierto Barroco”, reordenando los altos y polvorientos anaqueles una biblioteca ajena que poco a poco había acabado por ser también mía, que resultó ser de la primera impresión española, aparecida en Madrid en diciembre de 1974, un mes después de la mexicana del 4 de noviembre, conmemorativas ambas del septuagésimo aniversario del autor, y me dio un vuelco al corazón porque era la misma edición que yo había comprado entonces y leído y recomendado con fervor a los amigos, y no había vuelto a tenerlo entre mis manos desde entonces,  extraviado en alguno de los muchos vericuetos de una vida que se me hizo de pronto demasiado viajada y a ratos más bien nómada.

Lo abrí emocionado y leí,  como cuarenta y dos años atrás, asombrado y en voz alta, el aliterado comienzo (“De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, cornadas por una granada de plata; de platas los jarros de vino amartillados por los trabajadores de la plata; de plata los platos pescaderos…”), y como entonces - aunque no, seguramente mucho más que entonces – quedé absorto ante la potencia hipnótica de una prosa de escultor, de orfebre, de artesano experto en los recónditos secretos del oficio;  ante el mágico lenguaje de un poeta capaz de dibujar en el aire, con arabesco trazo, universos, ámbitos, utensilios, personajes y mundos; ante el pulso, al tiempo volcánico y sereno, de un narrador dotado para ver lo maravilloso en lo real y transmutarlo y transmitirlo;  ante el delicado y fino tacto del musicólogo capaz - a golpe de adjetivos, oximorones, trasposiciones temporo-espaciales y arcaísmos prudente y sabiamente administrados -  de hacer que palabras y frases desborden sus propios límites e inventen otros nuevos pronto su vez sobrepasados;  ante la decidida apuesta del pensador y teórico en pro de una literatura germinalmente densa, telúrica, recargada y mestiza;  ante el arrojo del novelista que fuerza a coincidir, en carnavalera y burlesca polifonía plagada de acordes, disonancias y cacofonías, a Vivaldi, a Haendel y a Scarlatti, con Filomeno – el criado del Amo-Montezuma, el supuesto protagonista del relato – quien tras ir a la cocina, reaparece en escena con un amplio surtido de cacerolas, espumaderas,  rollos de amasar,  batidoras y tizones e intercala, para pasmo de sus magistrales oyentes que lo escuchan embobados, un solo de percusión de treinta y dos compases que no es sino una apuesta por la música de fusión – o la fusión de las músicas - clásicas y populares, antiguas y modernas, europeas y americanas; ante el remate atemporal con que concluye el texto devolviendo al Amo a Coyoacán y dejando al negro criado en París porque al día siguiente sonaría allí, entre truenos de aplausos y alegrías de exultaciones, la trompeta del gran Louis Amstrong, “nuevo concierto barroco al que, por inesperado portento, vinieron a  mezclarse, caídas de una claraboya, las horas dadas por los moros de la torre del Orologio”.

Libro profundamente transcultural y fabuloso éste pues, como se ha señalado “según Carpentier en América Latina todo es fábula (ciudades fantasmas, esponjas que hablan, carneros de vellocino rojo) y la literatura tiene sus propias leyes distintas de los preceptos de la historia linealmente concebida”[1].

La fantasía descriptiva,  la exuberancia verbal,  los recursos expresivos adquiridos en sus años franceses, la mirada del arquitecto que no llegó a ser,  la permanente presencia de sus conocimientos musicológicos,  la sutileza del ensayista,  y la huella de los clásicos castellanos, han hecho de Alejo Carpentier un referente indispensable en la literatura en español del siglo XX.  Esta novela, la más breve de las suyas, se beneficia de la experiencia de sus obras previas, más extensas,  y contiene todo eso y mucho más, de forma sintética. Como él mismo escribió: “Silencio es palabra de mi vocabulario… silencio venido de tan lejos, espeso de tantos silencios, que en él cobraría la palabra un fragor de creación”. Porque para eso sirven, en fin, la literatura y el arte: para crear y para compartir el gozo de hacerlo. Tal vez por eso, en un momento dado, uno de los personajes de “Concierto Barroco” exclama: “No me joda con la historia en materia de teatro. Lo que cuenta aquí es la ilusión poética”

Hijo de un arquitecto francés y de una profesora de idiomas de origen ruso, Alejo Carpentier nació en Lausana (Suiza) en 1904 y murió en París en 1980.  Educado en París y La Habana, participó en la creación del grupo Minorista. A partir de 1924 organizó conciertos de Música Nueva. En 1928 fue encarcelado por motivos políticos. Poco después marchó a París donde fundó la revista Imán. En 1937 participó en el Congreso de Escritores Antifascistas celebrado en Madrid y Valencia. De regreso a Cuba (1939) trabajó en la radio y realizó investigaciones musicológicas. De 1945 a 1959 vivió en Caracas. Desde entonces residió principalmente en La Habana. Durante los últimos años de su vida formó parte de la representación diplomática de Cuba en Francia. Entre otros galardones, en 1977 le fue otorgado el premio Miguel de Cervantes.


[1] Fernández Cozman, C. R. Lectura estilística de Concierto Barroco de Alejo Carpentier. Universidad San Marcos de Lima. Tonos. Revista Electrónica de Estudios Filológicos. Nº 7 junio 2004. www.um.es/tonosdigital/znum7/estudios/fcarpenti.htm