"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

El progreso del amor. Alice Munro

EL PROGRESO DEL AMOR

Alice Munro

Confesaré algo: hasta que en 2013 le dieron el premio Nobel yo no había leído nada de Alice Munro. Ese año, durante la obligatoria parada de un tedioso viaje en autobús, compré El Progreso del amor y lo leí de un tirón. Desde entonces no he dejado de leer a Alice Munro.

Tiene razón Ignacio Martínez de Pisón cuando en la contraportada de este libro advierte que Munro “es una escritora adictiva”. Uno empieza a leer un relato de Munro y ya no puede parar. Probablemente ello se debe a la sutil poesía, seductoramente agridulce, que destilan sus textos. O a su rara habilidad para hacernos sentir protagonistas de la vida de sus personajes. O a que estos no están extraídos de la realidad cotidiana sino que siguen en ella mientras leemos.

El territorio de Munro no es el de su Ontario natal sino la compleja extensión del alma humana. De Munro se puede decir, como dijo Tolstoi de Chéjov, que en sus relatos “nunca pasa nada”.  Salvo por el pequeño detalle de que lo que pasa por ellos es la vida misma, ese inextricable concatenación de sueños, deseos, sensaciones, pensamientos y sucesos – irónicos, trágicos, alegres, sorprendentes, aburridos, absurdos o tristes - de que está hecha la vida. Nuestra vida. Otro de sus libros se titula Odio, amistad, noviazgo, amor matrimonio. Toda una declaración de intenciones.

Munro es grande porque no se propone serlo. Ni siquiera está presente en sus relatos, les cede el espacio a sus personajes, a quienes conoce y ama, y de los que, como proponía Horacio Quiroga, muy bien “pudo haber sido uno”. Para quienes nos gusta escribir, Munro es una maestra impagable. Y para quienes hemos de vivir aquí y ahora, es decir, a finales del siglo XX y comienzos del XXI en el seno de eso que denominamos cultura occidental, leer a Munro proporciona un estímulo intelectual y sentimental, un muestrario y una escuela. Y, sobre todo, produce – al menos a mí me lo produce - un inmenso placer.

La lista de grandes escritoras anglosajonas de relatos en el siglo XX es amplia: Dorothy Parker, Mary Flannery O´Connor, Curson McCullers, Eudora Welty, Katherine Anne Porter, y, por supuesto, Katherine Mansfield. Munro, que no es norteamericana ni británica sino canadiense, se merece un lugar destacado en esa lista. Pese a sus evidentes diferencias, creo percibir algo común a todas ellas: una especie de sensibilidad especial para la cotidianidad, para los cuidados o la falta de cuidados, para lo doméstico y, en consecuencia, para los mil y un detalles, sobreentendidos y malentendidos que nos van llenando el tiempo mientras esperamos (sobre todo los hombres) que suceda algo. Es decir, menos retórica y más intendencia. Cuestión de género, supongo. Que en el caso de Munro lo es también de arte.

Bienvenido sea el premio Nobel si sirve para popularizar a escritoras como Alice Munro.