"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Historia de un alemán. Memorias 1914-1933 - Sebastian Haffner

 Sebastian Haffner: “Historia de un alemán. Memorias 1914-1933”

De las Memorias de Haffner impresionan su contenido y las condiciones en que fueron escritas: el autor tenía 29 años y acababa de huir de su Berlin natal para exilarse en Londres. Corría el año 1938 y el mundo (es decir, Europa y América) acaban de asistir a la anexión nazi de Austria y a la posterior entrega de Checoslovaquia a Hitler. A comienzos de 1939 el fin de la República española era inminente y a Haffner no le costó anticipar lo que seguía. Crudamente autobiográfico, el texto fue hallado tras la muerte del autor entre sus papeles y publicado a título póstumo.

Libro sutil, analítico e introspectivo, probablemente inconcluso, y memorable por muchos motivos, me apetece destacar aquí tres. El primero, la soberbia descripción de los estados de ánimo colectivos durante los distintos gobiernos de la República de Weimar, desde 1918 hasta 1933. En particular, el papel del recuerdo de aquella guerra que nunca se perdió hasta que, brusca e inaplazable, llegó la derrota, en la psicología de los adolescentes alemanes de entonces; así como la incapacidad, primero de los revolucionarios de 1919, y luego de todos los partidos republicanos para ofrecer algo creible y pararle los pies al antisemitismo y al nacionalismo.

El segundo, la descripción de una cara vista de pronto a la salida de un baile del carnaval de 1932, abruptamente interrumpido: “una cara llena de dientes”; un rostro con “ojos muertos, acuosos e incoloros, cabellos incoloros, piel incolora, labios incoloros y una prominente nariz de lucio sobre la dentadura”. Un rostro que ya “no era un rostro humano en absoluto, sino más bien la cara de un cocodrilo”. El “rostro de las SS”. 

El tercero, la espléndida distinción que el autor hace entre “la nación amada” (en su caso Francia) y el propio país, ese lugar que “si se pierde, casi se pierde también el derecho a amar a otra nación”; el elogio de “la invitación recíproca”, del “aprender a entender al otro”. Y, también,  su profunda comprensión de que, en aquellas condiciones,  “el verdadero enfrentamiento… tenía lugar entre “el nacionalismo y el sentimiento de lealtad al propio país”. Para  Haffner, como para tantos otros antes y después de él, el nacionalismo, “es decir, la autocontemplación y egolatría nacionales, es en todas partes un enfermedad mental peligrosa, capaz de desfigurar y afear los rasgos de una nación, igual que la vanidad y el egoismo desfiguran y afean los rasgos de una persona”. En pocas palabras, el peor enemigo del propio país.

El mismo día que acabé de leerlo, apareció una tribuna de José María Ruiz Soroa titulada “Maruri como ejemplo” en el suplemento de el País Vasco del diario El País. Partiendo del desistimiento a seguir en su puesto del párroco (no nacionalista) de Maruri por la oposición de la mayoría (nacionalista) de sus vecinos, el autor ejemplificaba como también es posible que entre nosotros un demos pueda llegar a comportarse como un ethos criminal. Pues en una democracia nacionalista “quien critica la cosmovisión de la mayoría está criticando los cimientos mismos de la comunidad y, precisamente por ello, debe ser excluido de la esfera pública… La inquietud que suscita este ejemplo… no es la de si una comunidad concreta posee o no el derecho a su soberanía… sino para qué en concreto la reclaman algunos. Qué sociedad organizarán si disponen del poder de hacerlo. Porque podría ser un Maruri en grande”.

El libro de Haffner, como el artículo de Soroa, deberían ser de lectura obligada en los colegios.

Alberto Infante