"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

La barbarie ordinaria. Música en Dachau - Jean Clair

Jean Clair: La barbarie ordinaria. Música en Dachau (A. Machado Libros. Madrid. 2007)

Zoran Music estuvo preso en Dachau. Allí hizo algunos dibujos en trozos de papel. A escondidas; a sabiendas de que la pronta muerte era el único destino si se los descubrían. Años más tarde, ya liberado, regresaron a su mente aquellas imágenes. Las mismas preguntas sin respuesta sobre la razón de ser de la barbarie alzaron de nuevo su turbadora voz. Ráfagas de escenas dantescas y dialogismos sobre el terror. Volvió a pintar cadáveres.

Jean Clair, autor prolífico y polémico y comisario de numerosas exposiciones, ha analizado en profundidad la obra de Music y especialmente los dibujos nacidos de su experiencia en aquel lager. Fruto de dicho análisis es este libro implacable, riguroso, grávido de opiniones cultas y aceradas, cuya dureza puede inquietar a algunos lectores, porque lo que nos cuenta de los dibujos de Music, como lo que cuentan por sí mismos esos dibujos, pertenece a un mundo del que no queremos saber nada, oír nada, ver nada.  

La principal aportación que le debemos a Music tal vez sea su denodada lucha por ampliar el campo estético: dejar la belleza en su sitio y dirigir la mirada hacia el horror, el espanto o el pavor como categorías estéticas con identidad propia. Revelar la cara oculta o silenciosa del arte, sacar a relucir y reivindicar con el ahínco de quien sobrevivió al lager un espacio preterido del arte, el gobernado por thanatos, donde también laten —agazapadas— otras miradas estéticas.  

Los desnudos de Music son un ejercicio de interrogación e indagación. No están guiados ni encuentran su vis a tergo en la búsqueda de la belleza. Tampoco pretenden describir la realidad en clave naturalista ni verista. No deseaba dar testimonio, dejar registro ni documentar la barbarie. Quería saber cómo murieron, por qué los cadáveres adoptan esas posturas, qué explica la deconstrucción de rostros y cuerpos; quiso entender el porqué de las montañas de cadáveres, de los paisajes de cadáveres, de los catastros de cadáveres.

Y para tratar de entenderlo —en vano— regresó a los primeros trazos primitivos del hombre. Revisó las reglas de los rasgos, de la construcción y la deconstrucción del rostro, la anatomía facial. Imitando la liturgia del hombre primitivo, escogió los ocres para colorear los dibujos. No fue fortuito: los ochra son los colores de las pinturas prehistóricas. Un solo color y sus tonos es una elección tan genuina y lacónica como la del mejor adjetivador en prosa. Usa un color prístino para expresar una esencia. Mostrar la esencia al desnudo corresponde al registro de lo intenso, no de lo extenso. 

Music, que se consideraba emparentado con la familia de los Schiele, Dix, Beckmann y Grosz, recurrió a imágenes y composiciones deudoras del expresionismo. Quizá se apoyó en este ismo señero por ser el más adecuado para vehiculizar hacia el exterior la expresión del horror y la turbación interiores.

Dirigió su mirada a la esencia del horror, a la barbarie desvestida, al último rasgo de identidad, a aquel que queda cuando se te ha quitado todo, hasta la identidad. Y al dibujar lo que vio intentó restituírsela a las víctimas; más aún, al género humano. La muerte no puede quedar despojada, como querían los nazis, de todo significado. Jean Clair ha sabido explicarlo con la precisión del más preciado orfebre.

Por Carlos Campillo (Palma de Mallorca, Diciembre de 2008)