"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

La Poesía de Jorge Luis Borges

En la Vielle Ville de Ginebra, sobre el chaflán izquierdo del número 28 de la Grand Rue, hay una placa de cemento blanco con un poema grabado. El poema es un homenaje a la ciudad y su autor es Jorge Luis Borges. Descubrí esa placa por azar en 1987, durante mi primer viaje a Ginebra, y desde entonces, siempre que vuelvo (y lo hago con frecuencia), recorro la Grand Rue y me detengo ante ella. Borges no murió allí sino en el edificio situado justo enfrente un año antes, en junio de 1986, pero el propietario no permitió colocar la placa en su casa, argumentando que solo había residido en ella la semana antes de fallecer. Todo un honor siendo extranjero, el ayuntamiento autorizó que fuera enterrado en el cementerio de Plainpalais, lugar reservado para ginebrinos ilustres.

Por aquellos años yo andaba intentando escribir cuentos y el autor de Historia Universal de la Infamia, Ficciones, El Aleph, o El Informe Brodie mostraba uno de los varios caminos posibles. Y no tanto por sus argumentos, que no siempre llegaba a entender del todo, sino por su peculiar manera de contar. Si en algún escritor en lengua española se hace verdad aquello de que el mejor argumento es el estilo, ese es Borges. De su poesía leí entonces poco. Y lo poco que leí me dejó frío. Correcta pero distante, si acaso un poco arcaica, recuerdo haber pensado. Pasaron los años, evolucionaron mis gustos, publiqué poemas y relatos. También alguna novela. Y seguí viajando a Ginebra. En otro de mis viajes, mientras el avión descendía sobre lago Leman, terminé de leer El olvido que seremos, la emocionante biografía que Héctor Abad Faciolince escribió de su padre, el doctor Abad, médico salubrista y hombre de izquierdas, asesinado por paramilitares en su Medellín natal en 1987. En uno de sus bolsillos, caliente aún el cuerpo, junto a la lista con los nombres de otros amenazados, Abad Faciolince encontró un pedacito de papel salpicado de sangre con un soneto copiado a mano y las siglas J.L.B. tras el último verso. El soneto se titula Aquí y Ahora y la desolada perfección de su primer cuarteto me impresionó: Ya somos el olvido que seremos, / el polvo elemental que nos ignora / y que fue el rojo Adán y que es ahora / todos los hombres, y que no veremos.

La aparición de ese poema inédito causó revuelo, hubo quien cuestionó la autoria y Abad Faciolince viajó a Ginebra y rastreó su origen. La historia de cómo este soneto auténtico, que figura como epitafio en su tumba, llegó a los bolsillos del doctor Abad, ha sido relatada después, y constituye un relato de tintes borgesianos. Desde entonces me he recitado ese poema muchas veces. Aquel día su lectura me hizo acudir sin demora ante la placa de la Grand Rue y caminar luego hasta el cementerio de Plainpalais con un peculiar estado de ánimo. Sentía algo, una especie de descubrimiento. Pues de pronto, ambas, la placa y la tumba, me hablaban desde otro lugar, con otro lenguaje.

Poco a poco comencé a leer sobre Borges. Supe que, de regreso de una estancia en Italia, éste le propuso a María Kodama pasar por Ginebra y una vez allí le dijo: No volvemos más. Soy un hombre libre. He resuelto quedarme en Ginebra porque Ginebra corresponde a los años más felices de mi vida. Los Borges habían vivido en Ginebra entre 1914 y 1918 huyendo de la primera guerra mundial. El padre, psicólogo y algo literato, buscaba un especialista que pudiera tratarle la enfermedad de sus ojos y un Jorge Luis adolescente, a quien en familia llamaban George, asistió al Collège Calvin, fundado por el mismo Calvino en 1559. Al parecer no todas las experiencias de ese periodo, y en particular la relación con su padre, le fueron gratas. En cualquier caso, en Ginebra el Borges adolescente aprendió francés, latín y alemán, descubrió a Schopenhauer y a Nietsche e hizo un par de buenos amigos. María Kodama dijo una vez que “Le gustaban el frío y el hecho de que los grandes nombres del pensamiento hubieran pasado por esta ciudad. Admiraba el orden y el respeto. Lo marcó la solidaridad de los ginebrinos con los refugiados de la Gran Guerra”.

A diferencia de su Buenos Aires natal, con la que mantuvo una relación ambivalente que pasó de la identificación juvenil de sus primeros libros (Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente, Cuaderno san Martín y Evaristo Carriego), al relativo distanciamiento de sus últimos años, Borges no escatimó elogios a Ginebra. Alababa su austera discreción, la falta de énfasis de la ciudad sobre sí misma. Y le manifestaba un respeto sobrio, despojado de exclamaciones: Se ha renovado sin perder sus ayeres. Perduran sus campanas y sus fuentes, pero también hay otra gran ciudad de librerías y comercios. Al final, su pensamiento sobre la ciudad quedó inmortalizado en la citada placa: De toutes les villes du monde, de toutes les patries intimes qu’un homme cherche à mériter au cours de ses voyages, Genève me semble la plus propice au bonheur”. El Borges que paseó la Vielle Ville, caminó a orillas del lago, se dejó fotografiar frente al muro de los reformadores del Parc de Bastion, frecuentó cierta librería y se sentó en alguno de los cafés cercanos a L´Hôtel de Ville, era un escritor reconocido y galardonado, un hombre viejo y prácticamente ciego que caminaba apoyado en un bastón y sostenido por el brazo de su mujer o de un amigo. Más que ver imaginaba, lo que para él no era algo nuevo. “Es un hecho”, escribió Margarite Yourcenar, “que la clarividencia y el talento de Borges crecieron con la pérdida general de la vista”. Sin embargo, en Ginebra pasó bastante desapercibido pues aunque concedió entrevistas a periódicos y revistas de todo el mundo no participó en la vida cultural y social de la ciudad. En Ginebra escribió, en 1985, Los conjurados, su último poemario conocido que, para bastantes estudiosos, contiene algunos de sus mejores poemas.

Su fama creció tras la muerte hasta convertirlo en uno de los clásicos de la literatura universal. Sobre pocos autores se escribe y se especula tanto como sobre Borges. Aumenta sin cesar el caudal de conferencias, textos analíticos, sitios de internet, ensayos y exégesis sobre su vida y su obra. Harold Bloom lo incluyó rápidamente en su Canon Occidental. En junio de 2016, la Fundación Martín Bordmer, cuya sede no está lejos de Villa Diodati donde un siglo antes Mary Shelley concibió a Frankenstein, organizó un homenaje en el trigésimo aniversario de su muerte. Su director, Jacques Berchtold, declaró que para ellos había “cinco grandes en el panteón de la literatura universal: Homero, la Biblia, Dante, Shakespeare y Goethe; el Consejo decidió que faltaba uno más, se escogió la lengua española y entre todos los maestros el elegido fue Borges”. Aparte de los indudables méritos literarios, a esa fama pueden haber contribuido lo paradójico de su trayectoria vital y política, el componente irreal y cabalístico de gran parte de su prosa -algo muy tentador para analistas y exégetas-, la amplitud y variedad de su producción literaria, y la hábil gestión de su figura y legado por parte de su viuda.

Sin embargo, como subraya Mauricio Peña, esa fama se ha cimentado fundamentalmente sobre su obra en prosa. No sucede lo mismo con la poesía, que es vista “como si fuera un producto menor, irrelevante o prescindible” cuando en realidad es precisamente “la faceta más depurada y brillante del corpus borgesiano; es decir, la que revela mejor las claves de su filosofía personal, sus sentimientos profundos y sus convicciones más arraigadas .

Para Borges la poesía es una “revelación anunciada” que nunca se consuma y que se expresa en metáforas cuya materia esencial es el sufrimiento. “Casi no existe poesía de la felicidad” escribió. Bloom afirma que el fondo filosófico de la poesía borgesiana es un patente “idealismo nihilista” y cita a una de sus primeras estudiosas, Ana María Barrenechea, quien declaró: “Borges es un escritor admirable empeñado en destruir la realidad y convertir al hombre en una sombra”.

En la poesía de Borges, sobre todo a partir de El Hacedor (1960) y acaso con mayor intensidad que en su prosa, el universo resulta incomprensible y atroz, el laberinto constituye la perfecta metáfora de la condición del hombre moderno, la desdicha y la derrota son el alimento de su estética y su ética, y la nostalgia lo impregna casi todo. Destino y azar, sueño y sombra son, probablemente, las palabras más repetidas. Abundan los paraísos perdidos y los infiernos ineludibles, Buenos Aires es una patria añorada, que el paso del tiempo aleja más no borra, y el amor un sentimiento, por lo general, temeroso y apesadumbrado. La amistad y la literatura aparecen como los únicos antídotos contra la desesperación. Y en sus poemas abundan los sueños, las pesadillas, ensueños que son en realidad vigilias, cielos convertidos en infiernos, memorias y olvidos.

Todo ello teje la trama sobre la que se asientan sus poemas. Que pueden ser también épicos, con guerreros y espadas, puñales y compadritos, gauchos malos y melodiosas milongas, en una suerte de recurrente canción de gesta marginal y suburbana. Siguiendo a Whitman, Borges recurre a menudo a la enumeración para intentar poner orden en el caos. Por ejemplo, Los conjurados incluye el conocido poema-testamento Alguien sueña, del que existen dos versiones, constituye un catálogo enumerativo de temas borgesianos. Como poeta Borges despliega una gran variedad de recursos técnicos característicos de su peculiar estilo: desde el verso libre al riguroso alejandrino, la rima pareada, una esmerada cadencia musical de las palabras, la aliteración, el adjetivo original y sorpresivo, las metáforas insólitas, el oxímoron, la enumeración y la hipálage (el desplazamiento del sujeto al objeto). Pero el atractivo de su poesía no se agota con ellos. Son más bien su erudición, su tono apasionado y confidencial, la búsqueda de la palabra justa y desprovista de toda grandielocuencia y, al decir de Bloom, el permanente sentimiento de pérdida que tiñe sus versos, lo que acaba cautivando.

No hace falta, por tanto, compartir la opinión de Ricardo Piglia (“Borges es sin duda el mejor escritor argentino… del siglo XIX”, afirmó malévolo) para comprender por qué su poesía ha sido menos popular que sus ensayos y cuentos: por un lado, sus poemas incluyen referencias y enigmas que no están al alcance del lector medio; y, por otro, su poesía ha estado muy alejada de las corrientes dominantes en el siglo XX, se llamen ultraísmo (por el que se sintió inicialmente atraído), surrealismo, imaginismo, poesía social, intimismo, poesía de la experiencia, irracionalismo o poesía dialógica. Con todo, la poesía de Borges, ha sido apreciada por una amplia minoría de lectores -incluidos muchos grandes escritores de nuestro tiempo-, capaz de degustar su estilo depurado hasta la sequedad, sus temas más bien filosóficos y pesimistas, y su abrupta y quevediana manera de terminar los poemas.

La tumba de Borges en Plainpalais es relativamente modesta (como modestas fueron, por decisión expresa, sus honras fúnebres) y está cubierta de plantas. Al pie de ella suele haber una o dos coronas de flores frescas y también papelitos y notas con mensajes procedentes de todo el mundo. En la cabecera se alza una lápida del escultor Eduardo Longato, una piedra rugosa de contornos irregulares en cuyo anverso figuran el nombre y las fechas de nacimiento y muerte, una inscripción en anglosajón antiguo y un grabado que representa una escena de la balada de Maldon en la que siete caballeros sajones con las espadas rotas se encaminan en fila hacia la muerte. La inscripción proclama: “Que no teman”. La mayor parte del reverso lo ocupa el bajorrelieve de un barco vikingo (en clara alusión al navío con que sus guerreros viajaban el más allá), una frase en ese idioma, y una leyenda en español: “De Ulrica a Javier Otárola”. Ulrica es el personaje que da título a un cuento de El libro de arena, la frase es la leyenda introductoria de ese cuento y se refiere a la espada que se clavaba entre los amantes para impedirles la unión antes del desposorio, y Javier Otárola es el protagonista del relato. Resulta tentador, y acaso no desacertado, sustituir Ulrica por María Kodama y Javier Otárola por Jorge Luis Borges.

Seis o siete pasos por detrás de la tumba de Borges, sin lápida y sin plantas (pero también con mensajes), cercada por un marco de tablas y con algunas conchas y caracolas marinas sobre la desnuda arena, está la tumba de Griselides Real, escritora, pintora y prostituta que en los años setenta del siglo pasado, se distinguió en la defensa de los derechos de este colectivo, un acto de justicia municipal y poética para alguien cuya vida bien pudo haber merecido unas páginas en Historia Universal de la Infamia.

Una vez Borges dijo que, siendo niño, escuchó recitar a Evaristo Carriego en casa de sus padres y comprendió de forma intuitiva que el lenguaje puede ser, además de un instrumento de comunicación, una música, una pasión y un sueño. Es decir, el lenguaje sería, ante todo, un fenómeno estético. En otro momento añadió: “la poesía es el encuentro del lector con el libro”. Y también: “si un poema no emociona el autor ha fracasado”. En junio de 1985, un año antes de morir, Borges viajó a España para presentar Los conjurados y explicó: “Cuando yo era joven profesaba teorías literarias; ahora no tengo teoría. Ahora cada tema dicta su teoría al poeta. Hay temas que prefieren ser escritos en verso. Algunos en verso clásico; otros, en verso libre; y otros prefieren la prosa. Lo mejor es que el tema elija, no el autor”.

Es posible que no todo el mundo busque hoy la poesía de Borges. Y si la encuentra es posible que no le emocione. Pero quienes nos hemos ido acercando a ella con lentitud y cuidado sentimos al leerla una emoción original: la de quien consigue al fin penetrar en un universo donde habita ese yo profundo, elusivo, casi siempre inefable, hecho de los demás y de nosotros mismos, de pasado, presente y futuro, que nos nutre y nos lleva.

En sus últimos días en Ginebra, Borges pidió eliminar de sus obras completas el poema que comienza: He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. / No he sido feliz. Luis Iñigo Madrigal, primer profesor de la cátedra de Literatura Latinoamericana de la universidad de Ginebra lo visitó en aquellos días y tuvo la impresión de que el escritor vivía momentos de felicidad. Tal como me recordó Mauricio Peña, en su aplastante Diario, Bioy Casares dice que, en vísperas de su fallecimiento, Borges lo llamó a Buenos Aires para despedirse: estaba llorando.

Escribir sobre Borges, al igual que leerlo, corre el riesgo de convertirse en una pasión o en un vicio. En el breve prólogo a su impagable Biblioteca Personal, escribió: “Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica… Ojalá seas el lector que este libro aguardaba”.

Que así sea.


Notas

[i] En una carta enviada a su viuda, María Kodama, las autoridades argumentaron que Borges había pasado parte de su juventud en la ciudad y había asistido al colegio Calvino, por lo que su tumba merecía ocupar un lugar sin costos en dicho cementerio durante 99 años. Allí se encuentran –se dice- los restos del propio Calvino, y también los del músico Alberto Ginastera y del epistemólogo Jean Piaget entre otros.

Mauricio Peña Davidson. La pasión del lenguaje. Aproximaciones a la poesía de Jorge Luis Borges. La Hoguera editorial. Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) 2005. Conocí a Mauricio por casualidad durante un reciente viaje a Santa Cruz de la Sierra, y a su bonhomía y erudición debo muchas de las ideas aquí reseñadas.

Hay quien sostiene que toda esa alegoría mortuoria es fruto de la imaginación del escultor y de su viuda pues Borges habría deseado tan solo dos fechas y, después, el olvido.