"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

La vuelta al mundo de un novelista-Vicente Blasco Ibáñez

Para quienes gustamos de la literatura de viajes La vuelta al mundo de un novelista es un libro de referencia. A medio camino entre la crónica periodística y la reflexión personal, sostenido con el pulso trepidante de sus mejores novelas y repleto de escenas memorables, este libro del Blasco Ibáñez residente ya en la Costa Azul, millonario y famoso, sigue siendo una fuente de placer y de sorpresas.

Escrito en 1923, durante un viaje de seis meses en barco alrededor del mundo iniciado en Nueva York y concluido en Monte Carlo, está formado por una sucesión de síntesis históricas, análisis políticos, descripciones coloristas, observaciones agudas, retratos personales y juicios premonitorios. Por ejemplo, tras visitar Japón y Corea, vio en el océano Pacífico el escenario de grandes confrontaciones futuras. Y tras recorrer la India apuntó que si musulmanes e hindúes se unieran, los ingleses se verían obligados a irse sin disparar un tiro.

Blasco fue un fenómeno social y literario en su época. Hollywood adaptaba sus novelas, y de Yokohama a Buenos Aires miles de personas se agolpaban para recibirlo. Sin embargo, con escasas excepciones (Azorín, Unamuno), sus compañeros de generación lo ningunearon. El no era un intelectual ni un pensador en sentido estricto. Alejado de la severa estética castellana de los regeneracionistas del 98, hiperactivo, vitalista y vividor fue, a un tiempo, un agitador político (republicano, conservador, populista y come-curas) y un periodista-escritor que buscaba tener éxito y ganar dinero, y lo consiguió. A menudo, parece un personaje extraído de alguna de sus novelas.

Escribía mucho y en todas partes, y corregía poco. Para él, lo importante era que el relato fluyese. Probablemente por eso, La vuelta al mundo de un novelista, contiene tantos detalles vívidos, tantos episodios memorables. Como novelista, su trilogía valenciana (La barraca, Arroz y Tartana, Cañas y Barro) sigue siendo de referencia.

Encasillado dentro el naturalismo literario y con frecuencia olvidado, Blasco fue un lúcido testigo de su tiempo. Además, no carecía de aliento poético. Al término de la visita al Taj Mahal escribió: Nuevos viajeros vendrán detrás de mí, y cuando yo no sea más que un poco de tierra en la inmensa tierra, seguirán llegando otros y otrosSoñaré toda mi vida al otro lado del mundo con el palacio blanco y sus jardines donde canta el agua bajo la luna… Y esta noche, que parece de otra existencia y no quisiera ver terminada nunca, solo será un pobre recuerdo.

La Generalitat Valenciana ha declarado 2017 como el año de Blasco Ibáñez. Quienes viajan hoy a los países que él visitó (Japón, Corea, China, Filipinas, Indonesia, Singapur, Ceilán, India, Sudán, Egipto) harían bien en leerlo.