"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Música de sombras - Manolo Romero

Manolo Romero: “Música de sombras” (Visor. Madrid. 2004)

Los colores cantan: el marrón con timbales, el negro con un contrabajo, el granate con el berrido de la caza. Lo supieron el pintor de Altamira y el Beato de Liébana. Y Fray Luis, y Cabezón, y Rodrigo. Nos lo recuerda Manolo Romero en “El canto de los colores”, uno de los poemas de su libro “Música se sombras” que fue premio Tiflos en 2003 y fue un premio merecido. Lo editó Visor en 2004, como parte del premio, en versión reducida. Existe una edición completa, de tirada corta y casi inencontrable, que el autor me regaló y yo he extraviado. Alguien debería hacernos el favor de reeditarla de nuevo.

Clásico y anticlásico, el libro comienza con un himno que es también un acróstico (ya no se escriben acrósticos hoy día) y en su interior hay valses, naufragios, arritmias con tambores, serendipias, pavanas, estrellas en el paladar, fusiones, música de batallas, zanjas en las polifonías, ratas en las partituras y simples ruidos. Al final, John Lee Hooker “llora y canta cavernoso” en el Apocalipsis del 11-S y  Shubert, sustancia sin más motivo que su polifonía insuperable, agoniza en dos sonetos y un adagio.

La poesía de Manolo Romero es (casi) tan generosa como él mismo. Rima y no rima. Describe y prescribe. Cuenta y canta. En su interior la Primavera de Vivaldi suena a ensalada verde y Bach a miga de pan blanco. Sentidos agitados hasta el tuétano por el ritmo, la melodía, el compás y el contrapunto. Quevediano el gato que en su boca tiene un esqueleto de sardina (la música no da para comer); brasileiro el Fiat Brava de futuristas tardíos; saxo puro y duro el Citroën de “pupilas dilatadas”.

Poesía cercana mas no mínima, porque puede haber música en el sufrimiento del agua prisionera en la cisterna, en el grifo que chilla bajo el níquel, en el chirrido de un somier o en “el vaho que distorsiona al yo del otro lado”. Y si “el cepillo de dientes bisbisea con el mentol por los esmaltes”, la ropa te viste con rumores, estridencian las mandíbulas, “la casa da portazos, ruge el coche”, y “el espacio murmura con el tiempo” poco antes de que el corazón se rompa enternecido con los “decibelios rojos del ocaso”.

Hace unos días Olvido García Valdés, a quien acaban de darle el Premio Nacional de Poesía por un libro vital y esperanzado, nos regalaba un titular de lujo: “La poesía es la resistencia a lo banal”. Nada hay de banal en este libro hiperrealista y surrealista (o más bien surrealista a fuer de hiperrealista) y sabiniano (de Joaquín) a ratos. De resistencia vital y gusto por el (re)conocimiento, de eso sí anda sobrado.

A lo largo de los años Manolo Romero, cofrade de la amistad, la poesía, la música y la pintura, se ha construido una trayectoria poética un tanto bestia (Bestiarios I, II y III, Corral de versos y buriles, Bestiario de Cabárceno, Bestiario Andaluz, Bestiario de los fogones) que con “Música de Sombras” gira de pronto hacia otros rumbos. En el gozne mismo de ese giro, terso y tenso de madureces y de hallazgos, este libro nos seduce y nos golpea, nos reconforta y nos inquieta como a menudo pasa cuando, por una de esos raros prodigios de la vida, logramos, siquiera por un instante, soñar, como “las náyades de la pavana”, el sueño del alma que quiso oír de nuevo entonces “los rojos decibelios del ocaso”.

Alberto Infante