"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

PATRIA - Fernando Aramburu

Liquidada ETA, la pugna por apropiarse del relato de lo sucedido durante las más de cuatro décadas de su actividad terrorista centra buena parte del debate político e intelectual del País Vasco.  En ese contexto se ubica Patria, la última novela de Fernando Aramburu.

Se me ocurren al menos tres razones para leer Patria. La primera es que el autor, muy en línea con alguna obra anterior (por ejemplo, la colección de relatos titulada Los peces de la amargura), presenta el argumento desde el punto de vista de los personajes, limita el recurso al narrador omnisciente (y cuando lo usa resulta ser un narrador/actor de lo que narra) y busca introducir directamente al lector en la urdimbre sentimental y moral de quienes perpetraron y padecieron lo sucedido, consiguiendo de ese modo, desde la primera página, un texto de gran densidad psicológica y emocional.

La segunda es que el argumento huye de cualquier planteamiento maniqueo de “buenos y malos” (aunque al lector no le queda duda sobre quienes son para el autor unos y otros) y se ocupa de desmenuzar los sutiles procesos psicológicos y sociales mediante los cuales se va construyendo al “otro”, al “diferente” (hasta ayer posiblemente tu vecino o tu amigo) y se le va después enajenando, extrañando, hasta acabar repudiándolo y considerando “comprensible” (cuando no directamente “deseable”) que le acabe pasando “lo que le tenía que pasar” (el “algo habrá hecho” con que tantos “buenos” vascos trataron de justificar lo injustificable… y de justificarse). O, sin llegar a tanto, pero esquivándolo y evitándolo por puro y simple miedo.

La tercera es un modo de narrar que trasciende las habituales barreras entre el discurso interior, los diálogos y la acción y que, añadido al estilo directo y algo abrupto, y a algunos giros lingüísticos y sintácticos propios del castellano de los entornos euskaldunes, añade otra vuelta de tuerca y dota de especial verosimilitud a la espesa sopa emocional donde chapotean los personajes.

Patria no es una novela de “denuncia” ni una obra de “tesis”. No lo necesita. Le basta con narrar lo que narra del modo como lo narra. El odio, la amenaza, la marginación, el chantaje, el acoso, las dudas, el miedo en cada detalle de la vida cotidiana (no por casualidad las protagonistas principales son dos mujeres, madre de un asesino una, esposa de un asesinado la otra). Una enfermedad contagiosa. Una infección que invade el cuerpo social y lo corroe. Y de la que, sobre todo en pueblos y comunidades pequeñas, es muy difícil librarse. Una gangrena que unos pocos alimentaron, bastantes más aplaudieron (y en buena medida todavía aplauden) y muchos más, honrados padres y madres de familia, quisieron ignorar (y ahora prefieren olvidar) mirando hacia otro lado.  Y en ese ambiente plagado de sobre-entendidos, falsedades y medias verdades, las reacciones emocionales, las reacciones desmedidas, las venganzas, las dudas, las vacilaciones y, también, la y consciente serena valentía de algunos.

Patria se lee bien, atrapa desde el principio y pese a sus más de seiscientas páginas, te agarra y no te suelta. Habrá un sector de la sociedad vasca que no la leerá. A algunos de quienes la lean no les gustará o les parecerá sesgada. Pero quienes estuvieron (y, en algunos lugares, aún siguen estando) entre los “otros”, se reconocerán de inmediato en ella. Y probablemente las generaciones más jóvenes la verán como un referente obligado, ojalá que sólo uno entre muchos, para entender lo que pasó y por qué pasó. Solo la verdad os hará libres, se dice en el Evangelio. Si el odio y el terror que una banda de fanáticos intentó sembrar, con la activa o pasiva complicidad de muchos, a golpe de pistola y bomba no triunfó, novelas como Patria pueden contribuir a que tampoco triunfe su relato.