"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Sin pan y sin palabras - Raúl Rivero

Raúl Rivero: “Sin pan y sin palabras”

Contra lo que pueda parecer, éste no es un libro de ocasión aunque la coyuntura probablemente lo ayudó a difundirse. A Raúl Rivero, un tribunal cubano lo condenó el 23 de abril de 2003 a veinte años de prisión en juicio sumarísimo. Su mujer describe las condiciones del juicio en el opúsculo de cierre. No se me ocurre mejor refutación del proceso, de la sentencia y del tribunal que la sobria lectura de sus pocas páginas.
El libro me lo prestó una amiga periodista que trabajó cuatro años como corresponsal en  La Habana, y comencé a leerlo el mismo día que Fidel Castro celebraba el quincuagésimo aniversario del asalto al Moncada anunciando, a bombo y platillo, que desde ese día y “por dignidad” Cuba renunciaba a recibir ayuda de la Unión Europea.

Ignoro que dignidad puede existir en sostener, contra viento y marea, un régimen caudillista y a menudo tiránico. Un Régimen que fuerza a decenas de miles cubanos a emigrar y condena a personas como Raúl Rivero y sus 74 compañeros de sumario a largas penas de prisión por actividades que en muchos países se consideran lícitas y, a menudo, merecedoras de premio.

Sí la encuentro en la tersa prosa, en la cotidianidad de las historias y en las opiniones sobre las relaciones entre periodismo y poder que Raúl Rivero vierte en estas páginas. En ellas se combinan el oficio del buen periodista con la siempre escasa condición de poeta. 

Pero, sobre todo, el libro trasluce la personalidad de un hombre capaz de aunar un fuerte sentido cívico con una determinación de raíz quevediana (“No he de callar por más que con el dedo…) “Matar la palabra” es un canto al sentido puro y unívoco de las palabras. “Taller de prensa” resulta un alegato en favor del periodismo de barrio”. “Sin pan y sin palabras”, da título al conjunto y nos muestra a Marta Beatriz Roque Cabello escribiendo enferma en su celda del Hospital Militar de La Habana. “Hombre en tercera” relata una partida de dominó y un juego de pelota tan disparatados que sólo pueden ser auténticos.

Como Rivero afirma de un libro de otro, estas crónicas de dos a tres páginas son “una conexión directa con el resplandor” y su argumento de fondo es tan simple como irrebatible: “se puede desear una manzana, pero lo que uno ama realmente es la libertad”.

En su apasionado prólogo, Eliseo Alberto declara a Rivero culpable de “escribir sin mandato”. Por eso este libro es de los que nos devuelven fe en la condición humana.

Conocí a su autor después de haber leído pues al poco de su liberación salió de Cuba y se instaló en España. Coincidimos en Madrid, en casa de una amiga común, y hablamos de su cautiverio, de poesía, de viajes, de Cuba y de España. Debo decir que mi opinión sobre el libro no ha cambiado. Si acaso se ha reforzado.

Alberto Infante