"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Todo es veneno. Dr. Juan Martínez Hernández

A mediados de 2011 mi buen amigo el Dr. Juan Martínez Hernández me preguntó si yo conocía a un editor capaz de atreverse con un librito suyo, una especie de continuación de “La urraca y el pez” publicado dos años antes y titulado “Todo es veneno” y yo le puse en con contacto con Paqui Hernández de la editorial Ex Libris. Al poco de regresar yo de los Estados Unidos, Paqui se había atrevido a publicar mis dos primeros libros de relatos y supuse que se atrevería también con el de Juan. Se atrevió. Y a finales de 2011, primorosamente editado, el libro estaba en la calle. Para entonces Juan colaboraba en otro blog cuyo título me parece muy coherente con su actitud vital y profesional: “Más que ciencia”.

Juan comienza el prólogo de “Todo es veneno” con una declaración de principios: “Sentir la necesidad de ayudar a alguien es la base vocacional de todas las profesiones sanitarias”. Y en el primero de los articulitos titulado, como la película de Almodóvar, “Hable con ella”, añade: “Hablar del problema, acercar posiciones desde el diálogo, descubrir que el otro no es tan malvado, no es tan odioso, que suele ser un semejante ante una encrucijada… como nosotros mismos.” Estos dos párrafos resumen en mi opinión bastante bien la actitud de fondo del Juan Martínez Hernández que yo conozco.

Comencé a leer los articulitos de “Todo es veneno” y quedé fascinado. No eran mucho más largos pero me parecieron más sólidos y, si cabe, mejor armados que los de “La urraca y el pez”. Informaban, deleitaban y hacían pensar. Al estilo literario de Juan Martínez Hernández se le puede aplicar, parafraseándolo, el título de la conocida novela de Manuel Chaves Nogales en relación a todo lo cuenta: siempre da la impresión de que “el doctor Juan Martínez, estaba allí”.

Leyendo el libro aprendí muchas cosas. Aprendí, por ejemplo, que la Ostreopsis Ovata es un dinoflagelado marino de procedencia tropical que se nutre de un alga que ha colonizado el mediterráneo, y que produce una toxina letal por vía endovenosa. En los veranos de 2005 y 2006 produjo dos brotes conjuntivitis en las playas de Génova, una muestra más de que el cambio climático no es una teoría más o menos discutible y que sus efectos hace tiempo que están con nosotros.

Me deleité con su sabio consejo de que si vas a Mongolia no comas carne de marmota, o al menos no como es presentada siguiendo la receta tradicional: la marmota es vaciada de sus vísceras y, con piel y todo, rellenada de piedras calientes. De este modo, bien tapada en un horno hecho en el suelo, se cuece despacio de dentro afuera y el resultado suele ser que su carne no se cocina completamente. Lo que no sería grave si no fuera porque el simpático animalito resulta ser el reservorio permanente en Asia de la Yersinia Pestis, la bacteria causante de la peste bubónica cuya forma pulmonar epidémica recibió, como ustedes saben, en la Europa del siglo XIV el terrible nombre de peste negra.

Y medité sobre la felicidad y la tristeza, evocando los lejanos años de mi infancia, mientras leía el articulo titulado “Todos somos Charlie Rivel”, a quien yo había visto una vez, en vivo y en directo, en el antiguo Circo Price de Madrid, y varias veces más en el blanco y negro de la televisión de entonces. El tránsito de la forzada y un tanto tópica alegría del inicio de sus actuaciones a la desesperada tristeza del final, sin llegar a comprenderlo del todo, me inquietaba siempre. Con la potencia de un cuentista inspirado, Juan rescataba de las nieblas del tiempo a Charlie Rivel para ejemplificar el trastorno bipolar – lo que en los antiguos libros de psiquiatría se denominaba psicosis maníaco-depresiva – y permitirnos, de paso, recrear nuestra infancia.

Con solo haber leído media docena, ya había llegado a la conclusión de que aquellos articulitos eran buenos, muy buenos, mediante el inapelable procedimiento que un poeta y editor amigo mío me reveló una vez cuando le pregunté cómo distinguía entre un poema bueno y uno malo: “El bueno” me dijo “es ese que te gustaría haber escrito a ti.”

“Todo es veneno, lo importante es la dosis” reza una de las más célebres máximas de Paracelso. En este libro las dosis de conocimiento enciclopédico y humor volteriano están sabiamente administradas y el resultado es sencillamente encantador tanto para profesionales como para profanos.