"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Ventanas de Manhattan. Antonio Muñoz Molina

De Antonio Muñoz Molina he leído varias novelas (El invierno en Lisboa, Beltenebros, Los misterios de Madrid) y muchos artículos periodísticos. Pero si alguien me pregunta cuál de sus libros prefiero respondería sin dudar: Ventanas de Manhattan. Lo he leído al menos tres veces y probablemente lo leeré alguna más. Esto no me ha ocurrido, que yo recuerde, con ningún libro de prosa, solamente con algunos libros de poesía, tal vez con una docena o poco más. Lo que me lleva a pensar que es precisamente la poesía que destila este libro lo que me ha atrapado. Una poesía hecha de vivencias y de experiencias narradas en primera persona con una prosa que fluye con vida propia, con ritmo propio, el de los paseos, las miradas y las reflexiones de quien narra, ajeno y parte, observador y participante, y también con el ritmo de las múltiples vidas de lo narrado, de los cielos, los ríos, los edificios, los túneles, los personajes (todos significativos, todos relevantes), los cafés, los clubes de jazz, los apartamentos minúsculos y los rascacielos, los museos,  bibliotecas, parques, plazas, avenidas y calles, callejones, tiendas, mercadillos, basuras y obras de arte, sonidos, colores, olores, pausas y ritmos, los silencios y las voces de lo narrado, de esa Babel contemporánea que es Nueva York, un texto capaz de subyugar porque mete de lleno en todo eso y también en algo más que es la sensación de provisionalidad, de flujo, de estar de paso -en Manhattan y en la vida-, así como en su consecuencia inevitable: el ansia de atrapar, de capturar el incesante y multiforme flujo que discurre en torno nuestro y del que somos parte, el río de Heráclito que en Manhattan son al menos dos: el Hudson y East River, los ríos del mar de Moguer que escribió Juan Ramón ya exilado, una referencia pertinente porque Muñoz Molina escribe también desde la melancolía del exilado aunque la suya sea sólo una melancolía temporal y por ello menos marcada, más suave menos condicionadora de lo escrito que tiene más de vivencia en tiempo presente que de añoranza por el tiempo pasado y por eso se lee hoy, doce o quince años después, como si estuviera sucediendo aún, como si no fuera a dejar de ocurrir nunca.

He estado en Manhattan varias veces y probablemente volveré alguna más, y leyendo el libro, me he visto trasportado a lugares que me resultan familiares y que ya no serán los mismos cuando los vuelva a ver pues estarán impregnados por el recuerdo de este libro del mismo modo que, cuando viajamos a El Cairo, nuestra visita a Jhan el Jalili fue también una visita al pasado, o mejor dicho, una visita sin tiempo, porque el barrio de Nafiz Maghub, y su callejón, y los que nosotros recorrimos sucedían al mismo tiempo; y cuando fuimos a Praga, Kafka y Jean Neruda nos regalaron su castillo, y su círculo de tiza, y su cementerio judío, y su Mala Strana sin pedir nada a cambio.

En un texto que participa del reportaje, del libro de viajes, del relato corto, de la crítica cultural y de la reflexión existencial, la riqueza lingüística y descriptiva del escritor y la capacidad analítica del articulista se imbrican de un modo insensible, y los largos párrafos de Muñoz Molina, de adjetivación a menudo arriesgada y precisa, no abruman, o no más de lo que lo descrito y su torbellino lo harían; al contrario, funden en un solo y facetado impacto la multitud de estímulos, gratificantes y terribles, que el paseante curioso solo recibirá si se arriesga a acercarse lo suficiente para mirar, oler, escuchar, palpar, hablar y pensar de otra manera, si no tiene miedo a dejarse influir, a exponerse; o si lo tiene, y es probable que en Nueva York   –y en muchos otros lugares del mundo- alguna vez lo tenga, si es capaz de admitirlo, expresarlo en voz alta y atreverse a vencerlo. Pues eso me parece a la postre este libro: un canto a la maravilla de vivir, a lo único del instante, a la capacidad de captarlo, compartirlo y contarlo. Y también un ejercicio de realismo en el mejor sentido de la palabra: su sentido poético, ése que nace de la convicción de que la mejor literatura nos anima a oponernos a la convicción de Cervantes, citada por el autor, de que la vida humana corre a su fin ligera como el viento, mientras interiormente nos recordamos una y otra vez la futilidad de tal empeño.

Antonio Muñoz Molina nació en Úbeda (Jaén) y vive en Madrid. Fue elegido académico de la lengua en 1996. En 2006 le fue concedido el premio Príncipe de Asturias de las Letras.