"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Adolfo Gilaberte

Adolfo Gilaberte: Alumno del Curso de Novela de la Escuela Contemporánea de Humanidades de Madrid, durante el curso 2001- 2002. Participa desde hace 5 años en los talleres de relato de la Fundación Centro de Poesía José Hierro. Desde hace dos años imparte un taller de Iniciación al Relato breve, del Área de Cultura del Ayuntamiento de Getafe. En mayo del 2009 emprendió la andadura de un proyecto creado desde el Colectivo Sol de Invierno (asociación literaria y cultural de Getafe, fundada junto con varios amigos y letraheridos), donde ilustró y coordinó el libro Cuentos para hambrientos (Literatura solidaria: Con un pan bajo el brazo), en el que participaron 20 narradores de la Fundación C.P José Hierro. Desde el 2010 acude al curso de Relato Tutorial impartido por Ángel Zapata en la Escuela de Escritores de Madrid.

                                                      

                                                                    MEDIANOCHE

La última campanada me da la señal de partida. Justo cuando suena abro los ojos, aunque todo el día lleve despierta. No duermo, ya no, qué tontería. Ni como ni leo libros ni doy paseos por el parque, eso lo he cambiado por atravesar paredes y ulular en los aleros de los tejados (al cine sí, voy dos veces por semana, entro por la claraboya y me quedo suspendida en medio de la sala, la barbilla apoyada en la cruz de las manos). Después me pongo una sábana limpia, y unas cadenas livianas porque es lunes, y los lunes estoy agotada; los demás dicen que no necesito toda ésa parafernalia, que no se lleva, es demodé y muy aparatoso todo. A mí me encanta. Paso el día aguardando que llegue la medianoche para salir y mezclarme con la gente, me traslado a sus casas y vuelco los cuadros y las macetas y rompo sus vajillas y les lanzo los calcetines que encuentro a los pies de su cama. Y qué cara ponen. Los mayores sobre todo, se les contrae el gesto hasta quedar irreconocibles; pero los niños no, los niños sonríen al verme llegar, se sientan en la cama y aplauden, no lloran ni gimen, no demuestran ningún miedo ante mi presencia. Mejor dicho: mi no presencia. Y me despiden con las manos cuando me marcho. A mí lo que más me gusta es el viento, cuando me desplazo cada noche de un sitio a otro, por encima de los edificios, y descubro la ciudad como una maqueta luminosa y febril, mientras atravieso el aire con mi cuerpo y la sábana se agita como una mortaja tendida en un balcón. Es entonces, volando entre las antenas y los neones, cuando olvido que soy un fantasma. Un cuerpo transparente atrapado en tubos y catéteres, agujereado por todos sitios. Y por fin me siento libre, poderosa y fuerte, capaz de alcanzar las estrellas y sentarme en el pico de una de ellas, si es que las estrellas tienen picos, y quedarme allí, sonriendo, hasta que a la mañana siguiente, con las primeras luces, la enfermera llega para cambiarme las sábanas.