"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Francisco Cenamor

Francisco Cenamor (Leganés,1965). Ha publicado los libros de poemas Amando nubesÁngeles sin cielo, Asamblea de palabras y Casa de aire. Dirige el blog literario Asamblea de palabras. Profesionalmente se dedica a la interpretación en televisión, teatro y cine. Imparte clases de teatro en un centro privado.

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Poemas inéditos de Cenamor

Miguel

Miguel se ahogó cuando mamá fue a comprarle un helado,
el primero después de la operación de anginas,
con aquellas horribles tenazas que arrancaban una parte de ti.
Se iba al fondo.
El agua llenaba cada hueco que dejaba el aire.
Los otros niños, sin saber, jugábamos a gritos,
echábamos agua, hacíamos la bomba.
Y Miguel ahogándose.

Entonces la corazonada de Mamá: “¡Ay, mi niño!”.
Los gritos, la cara desencajada.
Los gritos que nos golpeaban el alma.
Todos salimos corriendo de la piscina.
El salto del socorrista.
Cada madre abrazada a su hijo.
Menos mal, no era el suyo.
Pero Mamá no, Mamá gritaba mucho.
El socorrista tirando del brazo de Miguel. Los ojos cerrados.
Los ojos azules de aquel ángel, con sus rizos lacios
pegados a la cara que no decía nada.
Los hombres graves, sujetando a Mamá.
El socorrista apretando el frágil pecho que ya no respira.
Mamá llorando un hijo.
El socorrista llorando un ahogado.
El camillero llorando el cadáver de un ángel.
Los niños llorando sin mirar a la desconocida,
maligna muerte que nos robó los sueños.

El domingo amanecía lluvioso.
Mi trajecito negro, los zapatos brillantes,
los intentos de Mamá por explicarme qué…
El viento que empapaba la comitiva.
Medio barrio de ahogado luto.
Miguel, el ángel de ojos tan azules,
volando dentro de aquella caja blanca.
Nosotros, niños de caritas serias,
mirando interrogantes a los mayores.
En la entrada del cementerio nos dieron céntimos
para ir a por caramelos,
entre gritos, risas, huimos del silencio.
El silencio que, desde entonces, poseyó a Miguel.

Perros
El Rubio era un perro fiel.
Siempre miraba a Perla con ojos veladores. Era su hermana.
No le gustaba verla coquetear: con los niños, con los adultos,
con el cartero, con los otros perros del pueblo.
En ocasiones le gruñía.
Eran los dos únicos perros de su raza en aquel puñado de casas.
Grandes, del color de los caramelos de tofe.
Soportaban con paciencia mi atrevida niñez de largos veranos sin clases.
Aún antes, casi recién nacido, dormía en la sombra acolchado por sus cuerpos.

El Rubio caminaba tranquilo calle abajo.
Miraba de reojo a un lado: a mí. Y al otro: a su hermana.
Jugando al escondite, el que se la ligaba lo tenía fácil. Siempre me descubrían.
Un día, quemaba hormigas en las afueras del pueblo cuando llegó la tormenta.
Tiró de la pernera de mis pantalones hasta llegar a las ruinas de un caserón abandonado.
Al poco cayó un rayo sobre el hormiguero. Me fascinó la potencia del estallido.
El Rubio me miró muy profundo a los ojos.

La perra comenzó a engordar. Estaba preñada. Abuela se alegró,
preparó un lecho mullido y llevó a bendecir al animal.
Una mañana escuché al despertar débiles gemidos. Bajé corriendo,
los ojos cubiertos de legañas.
Perla, nerviosa, lamía a sus seis cachorros, como seis gotas de agua,
seis espejos de su madre. Y de su padre.
Abuela montó en cólera al verlos. Metió los cachorros en una bolsa,
la cerró, se la dio a Abuelo. La colgó de su bicicleta.
Despacio, se perdió carretera alante.
Por la noche sentí en el corazón
los golpes secos que el Rubio recibía. No emitió quejido alguno.
Moribundo, ladró por primera vez a Abuela mientras ella golpeaba a Perla.
Los aullidos de dolor de su hermano atravesaron la noche y mi alma.
Al amanecer murió la perra. Su hermano se arrastró hasta su cuerpo,
la cubrió con una pata. Murió también. Con ellos, mi inocencia.