"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Germán Vargas

Uno: No hay razón para estar loco. Dos: No deberían existir los platos hondos. Tres: Si el jugo demora, la fruta espera. De eso hablábamos con Leo, linda chica, y nos reíamos, durante la última cena que tuvimos en su casita de Magdalena, frente al mar. Comíamos y nos reíamos también a mares, con eso de que profundizar en aquello del loísmo y el leísmo puede dejarte lelo. La chica es lingüista, sabe lo que dice y lo dice bien.  Escuchábamos Mar de Copas, bebíamos lo mismo, y salud con ese pisquito, y ya lo digo y le dije: ‘Mucho salud, poca salud’. Otra vez ja, ja, ja. Y claro, siempre el tema del clima y temperatura, por qué no. Hacía fresco esa tarde y, súbitamente nos envolvieron otros aires; y en el minuto, otro tema se nos coló:
–Leonardo debe de haber pintado decenas de escenas de cenas– le dije, pegado a un afiche en la pared.
–Antes de pintar la última, que le quedó tan bien– me susurró.
Y con su siempre media sonrisa, esa noche Leíto me invitó a hacer el amor. La otra mitad, por supuesto, tuve a bien ponerla yo.
 
El Emperador estornudó súbditamente, en nombre propio y en nombre también del Imperio. Desde entonces las fortificaciones exteriores comenzaron a tomar esa consistencia –esa inconsistencia– gelatinosa, mucosa y fácilmente atravesable, y, agripadas, se chorrearon hasta el borde mismo del olvido. Médicos expertos trataron el mal del Imperio, mientras que experimentados estrategas se encargaron del ya debilitado Emperador. Los delicuescentes estados colaterales sumían al Emperador en profunda melancolía y ponían al Imperio en situación de colapso. Los estrategas –grandes– administraban medicamentos, además de ropas, alimentos e incluso armas al Emperador. Pronto todos se quedarían cortos de respiración y estornudaría el Imperio, no una sino tres veces seguidas, y esa sería su perdición. Nadie lo hubiera pensado, nadie lo hubiera creído, nadie tal catarro hubiera predicho. Se hizo fama y cayó el Emperador en cama: del catarro a neumonía, a paro fulminante y adiós.

Germán Vargas Strozzi. De « Literapiaas » (inédito)
(gfvg@bluewin.ch)