"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Ignacio Jáuregui

Ignacio Jáuregui (Bilbao, 1959) es médico, lo que viene compaginando malamente con lo del escribir desde hace décadas: escribe por igual páginas web, artículos, monografías científicas, cuentos, cortometrajes, novelas cortas, poemas, cartas, postales, e-mails, instancias por triplicado, pliegos de descargo y listas de la compra. Tiene algunos premios por ahí. En 2006 fue finalista del concurso NH-Mario Vargas Llosa con el relato Mirando al mar soñé. Con su guión Hace quince años se produjo el cortometraje homónimo (Prods. Línea Cero, Madrid, 1989. Dir.: JL Escolar. Int.: Emilio Gutiérrez Caba, Patricia Adriani, Juan Diego Botto, Fernando Guillén Cuervo). Ha publicado una docena de relatos en revistas y libros colectivos y en antologías como Parábola de los Talentos (Gens Ediciones, Madrid, 2007). Su novela corta El hombre del Bósforo se ha venido publicando por entregas en la bitácora del mismo nombre (http://ignaciojauregui.blogia.com), en la cual sigue publicando, con la periodicidad que puede, cuentos, reseñas, canciones propias y ajenas, artículos y rimas consonantes.

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CON LA AYUDA DE DIOS Y DE LA UNION SOVIÉTICA

El Acebuchal, verano de 1936

Marquesito mío:

Al recibo de la presente, si es que la recibes, espero te encuentres bien, yo bien a Dios gracias. Te escribo estas cuatro líneas sin saber si jamás las leerás, pero necesitaba felicitarte por las fiestas patronales. Espero sigas tan guapo y tan elegante como siempre. Que sepas que todas las noches, al apagar la luz, te recuerdo paseando a caballo por las dehesas de El Acebuchal, que había que verte al trote, tan tieso en la silla y con tus botos camperos, ésos que yo cepillaba por las noches y olía a escondidas para buscarte dentro, y a veces, al acordarme, me duelen las tripas como si me diera un cólico. Que sepas que también te recuerdo con todos esos amigos tuyos de Madrid persiguiendo a los conejos entre la jara, con la escopeta al hombro; siempre tan simpáticos, tus amigos, pero tan guarros, que vergüenza les tenía que dar mirarme así cuando servía la mesa; siempre tan zalameros con una, que si qué buena estás, Vicenta, que si tú quisieras te iba a poner yo mirando para Cuenca y eso. Y tú te reías con ellos, y al acordarme me vuelven los retortijones.

Espero también que tu madre me haya perdonado allá donde esté; y que sepas que no la guardo ningún rencor, que ella siempre será la señora marquesa y yo, pues eso: la Vicenta y ya está. Sé que se quedó muy sorprendida con lo nuestro. La verdad es que me costó perdonarla los tirones de pelo al arrastrarme fuera de tu cama en plena noche, y los golpes de fusta al echarme fuera de la finca, medio desnuda como estaba, al retamar al otro lado de las lindes.

Pero que sepas también que si por la tarde se acercó hasta El Acebuchal todo el pueblo, todos mis hermanos y mis cuñados y los jornaleros armados de piedras y garrotes es sólo por lo de la política, lo de los señoritos y la propiedad de la tierra y todo eso;  por los discursos de la Pasionaria y de Buenaventura Durruti y de Federica Montseny. Que yo creo que apenas contó nada de lo nuestro.

Y no sabes cómo me alegro de que pudieras escapar a caballo después de los primeros garrotazos, y no como tus amigos los de Madrid que allí dejaron la piel en la somanta, Dios los perdone a unos y a otros. Y a la señora marquesa el Señor la tenga en su gloria también, y que sepas que las mujeres la dimos cristiana sepultura tal y como estaba, completamente tiesa con su silla y todo, tal y como se quedó al fallarla el corazón cuando vio llegar a los jornaleros a la finca, la misma tarde de aquella madrugada que nos separó a ti y a mí a golpes de fusta.

Ay, la guerra, Marquesito. En cuanto todos esos militares africanos con sus moros sean derrotados por el Ejército de la República con la ayuda de Dios y de la Unión Soviética, tú y yo podremos casarnos y volver a El Acebuchal, que ya será de todos, de todo el pueblo, de todos y cada uno, y ya verás cómo la República proveerá y no nos habrá de faltar de nada. Me llevarás a pasear en tu caballo por los encinares y me harás el amor al atardecer, acurrucados en tu manta extendida sobre los brezos, y yo volveré a cepillar por las noches tus botos camperos, a acariciarlos y a olerlos a escondidas para buscarte dentro.

Felices fiestas patronales, Marquesito, dondequiera que te encuentres.
Viva la República.

Vicenta.

Ignacio Jáuregui (ignacioj@euskalnet.net)