"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

José Luis Fernández Hernán

José Luis Fernández Hernán. Escritor y profesor residente en Madrid, es conocido tanto por su narrativa como por su poesía, destacando en su obra títulos como Don de vuelo, Un tiempo de adiós o Un jardín contra la muerte, editadas por la colección Baños del Carmen de ediciones Vitruvio, así como la novela La segunda muerte. También ha escrito relatos cortos de los que sigue una pequeña muestra.

 

                                                                       TENERIFE
En el congreso de papanatas celebrado en el hotel Excelsior de Tenerife, Abundio, galvanizado por una inspiración repentina, cogió el micrófono del moderador –un presentador deportivo de televisión– y dirigiéndose a los concurrentes dijo con los brazos abiertos: “¿Qué delito cometí contra todos vosotros naciendo?” El salón Minerva rugió con todos los asistentes puestos en pie. La nota dominante era la emoción aunque los papanatas solemos encubrirla con el ruido. Tardó en volver el silencio cinco minutos, pero ya el camino era irreversible. Oliverio pidió el micrófono, cerró los ojos antes de hablar, carraspeó para apartar el silencio que se había hecho sólido en el salón Minerva y dijo: “La vida es un misterio demasiado perfecto, envidio a mi pierna que huyó con cien patas de este mundo”. Se oyó un sollozo de uno de los componentes de la asociación extremeña, pero sus compañeros le reprimieron. En efecto, todos moriremos, pero eso será demasiado tarde. Lo pensé, pero no llegué a decirlo: tenía la seguridad de que toda la sala coincidía conmigo. La razón es que los papanatas, aunque somos pesimistas, amamos la vida, pero a diferencia de los agudos sabemos que ese amor es una ley impuesta, así que no nos vanagloriamos de él. Somos melancólicos… quizá lo mejor sea perderlo todo cuanto antes. Oliverio había perdido una pierna en un accidente de moto. Llegada esta encrucijada era de todo punto necesario que alguien virara la reunión; quién mejor que Pacón de Algeciras, excelso cantaor de flamenco, que poniéndose en pie, sin apoyo mecánico y en un andaluz elegante dijo: “Tengo la mosca detrás de la oreja”. Y prendida entre dos dedos la hizo visible y luego la soltó. Permanecimos absortos contemplando su vuelo como quien mira desvanecerse el humo. Quién podía retener el hilo de su trayectoria cambiante y embrollada. Pero la mosca de pronto se desplomó. Pacón, estremecido y lívido, se precipitó hasta el lugar del deceso. Respetuosa y prudentemente le rodeamos. Allí en el suelo estaba el cuerpecillo exánime, aún agitaba las patitas. En un silencio aterrador esperamos hasta el estremecimiento final. Los movimientos se habían ido haciendo más tenues e infrecuentes, pero después de cada pálpito, aún más leve que el anterior, esperábamos todavía otro, la vida se defendía o se despedía con finísimas patadas. Los perspicaces, los augustos, los ingenieros podían reírse de aquel bichito, nosotros no, y esperábamos aún otro mínimo espasmo. Por fin, el propio Pacón se sobrepuso. “Todo ha terminado”, dijo, y agachándose depositó el cuerpo en el cuenco de la mano de su mujer. “Tú, que has dado vida, recibe a la que la perdió; esta es su cáscara, pero cáscara que tuvo aliento; dónde está ese aliento no sabemos, honremos este cuerpo diminuto que lo encerró”. Pacón decía cázcara y zabemos pero su oratoria era auténtica. Hizo hueco entre nosotros y alargando una mano como quien pide, echó a cantar, una toná poderosa con el sonido negro de los grandes y el rajo del dolor de hombre.
Es necesario que abrevie, perdonen los ajenos los términos flamencos anteriores: un papanatas debe serlo, no fingirlo, a los papanatas los adornos nos están prohibidos. Los papanatas hacemos culto de los ritos y por eso enterramos solemnemente la mosca de Pacón, la enterramos en una gota de ámbar y yo la guardo en mi casa. Pacón me hizo el honor y me dio la responsabilidad. Esta es la razón por la que pongo en letras de molde el acontecer de aquel congreso de Tenerife. Pacón ha muerto hace poco, nos queda su arte; la muerte restó y él sumaba. Que sea así para siempre.