"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

José Tuells

EL CEMENTERIO DE MARVILLE

Cerró el libro justo cuando acababa de morir Guillermo el Conquistador, veintiún años después de coronarse rey tras la batalla de Hastings. Siguiendo la costumbre de la época, había tenido tres tumbas, una de entrañas en Chalus, una de cuerpo en la abadía de Caen y una de corazón en la catedral de Rouen. Dejó el siglo XI sobre la mesa para salir a comprar un baguettin, queso Gouda y yogur líquido. Coincidieron en la caja rápida del supermercado. Ella llevaba en la mano exactamente lo mismo, por eso cruzaron sus miradas y un gesto de perplejidad. No pudo evitar hacerse el remolón ante la cartelera de un cine cercano para verla dirigirse calle abajo, hasta entrar en la tienda de náutica. Desde el escaparate comprobó que era la dependienta. De vuelta a su tesis sobre el “simbolismo de la muerte en la baja Edad Media”, no fue capaz de teclear una sola línea. Pero sí de volver todos los días de las cinco semanas siguientes a tomar té con limón en el bar de enfrente. Esa tarde no vino a recogerla el tipo de la moto y ella cruzó la calle, entró directa hacia él y con una sonrisa lo invitó a navegar el domingo. Fueron tres horas desastrosas de mareo y descompostura. Violeta era rubia rizada y ojos verde marino. Manejaba espléndida el velero y tarareaba el coro del Tannhäuser. Él vomitaba por la borda las magdalenas del desayuno.

Al poco, una honda y feliz Violeta imponía al motorista la insignia de ex, para compartir con el historiador un tiempo de aguas emocionadas. Él le hablaba de los yacentes y los orantes, de la migración del alma, de la poesía del cementerio de Marville. Ella componía sábados de flores, inundaba el estudio con las notas de Zaide, la inacabada ópera de Mozart, refulgía de pasión flexible en cuerpo vivo. Hacían juntos la compra, la risa y el deseo. Él nunca volvió a subir al barco, ella nunca tocó el ordenador.

Un impulso la llevó a madrugar aquél día ventoso y salir a la mar. A tres millas de la costa, frente al cabo de Santa Pola apareció su barco a la deriva. Quizá no se puso el arnés y sufrió un golpe con la botavara. O se quebró de azar, de desdén, de verlo deslizarse por tantas superficies. O quiso ganar una partida al único destino. Durante años la estuvo buscando. De la única manera que sabía hacerlo. Noches de navegación solitaria por la Red. Hasta aquella ceñida a barlovento en los mares del Sur. Allí naufragó su locura, creyó verla un instante y se desplomó con los pulmones encharcados encima del teclado. Él también tuvo tres tumbas, una de corazón en Tabarca, una de cuerpo en la isla de Upolu y una de entrañas en la Web.

José Tuells (tuells@ua.es)

SECANDO LA BOLSA DE TÉ

La llave del coche se partió al intentar abrir el maletero. Tuve que ir a la casa Mazda para que sacaran la mitad que había quedado alojada en el bombín de la cerradura. Cuestión de una hora dijeron, indicándome un bar cercano adonde me dirigí para echar el rato. Contemplaba distraído la densidad del tráfico en la carretera de Madrid, cuando se sentó en la mesa contigua un individuo que curiosamente también pidió un té. En un país tan cafetero sorprende todavía que te caiga cerca un infusionista.

Me llamó la atención el ceremonial con que se lo preparaba. Exprimió el limón y echó el sobre de azúcar dentro de la taza, esperó cinco minutos y fue vertiendo poco a poco el líquido de la tetera. Luego enrolló la bolsita en la cuchara apretando con el hilo que la soporta hasta extraer las últimas gotas y dejarla a un lado, escurrida. Finalmente lo removió todo con exquisita parsimonia.

Me di cuenta de que, además de afición por el té, compartíamos vicio cuando me pidió fuego y se encendió un cigarrillo. “No puede ser, otra vez no, pero ya está hecho”, le oí murmurar. Me giré hacia él con gesto interrogante y me dijo: “perdone, llevo veinticuatro años callado, pero hoy me ha vuelto a pasar”. No me había molestado y mantuve la misma expresión a la que añadí una pizca de extrañeza, que debió entender como una invitación a hablar. Lentamente fue desgranando su historia.

Era encuadernador. Había aprendido el oficio, como su padre y su abuelo, en Valencia y se había establecido aquí a los veinticinco años. Una extremeña, Edelmira, que conoció durante la mili le sorbió el seso y le sedujo para venirse a esta ciudad de Alicante tan playera y soleada. Se casaron y tuvieron dos hijas preciosas. Al principio la cosa fue bien, vivían en una casa pequeña pero apañada del barrio de Carolinas, cerca del Bar Nuevo. Sin embargo a los cinco años de matrimonio empezaron los desajustes. Edelmira era casquivana y pizpireta, le gustaba salir, arreglarse y hablar por los codos. Él por contra era tranquilo y silencioso, poco dado la chateo y la parranda. Ella se metía con él, “mi marido es un muermo desaborío, con horchata en las venas”, decía a las vecinas. Él apenas si se inmutaba, su vida era el taller, pasar horas entre telares, guillotina, prensa, plegaderas y cola. Los domingos, eso sí, se iba tempranito al Cocó o al puerto para disfrutar de una pesquería calma. La tensión por las diferencias de carácter quedó un poco maquillada cuando ella encontró trabajo de cajera en Simago. Allí desplegaba sus plumas, su extroversión y su fácil coqueteo con la vida. Entonces ocurrió algo que lo cambió todo.

En ese momento el encuadernador me preguntó: “¿cree usted que hay mujeres malas?”. No me dio opción a responder. Siguió contándome que les tocó el gordo de la lotería. ¡Sesenta millones! de hace veinticuatro años. Edelmira enloqueció. No sólo continuó vejándolo, sino que se puso a gastar como una posesa. “¡Antiguo!, ¡tacaño!, si hasta te traes las bolsas de té del bar para dejarlas secar y reutilizarlas”, le decía. La cosa no acabó ahí. Edelmira se compró un piso, un Mercedes y un amante chulapón y se largó. Un escándalo en el barrio, una mirada de compasión del vecindario por la cornamenta, resignación y un mote, el Apático, le cayeron del cielo. Pasó el tiempo y se fue recomponiendo de su desgracia, en silencio. Siguió con su taller, su pesca y su costumbre de guardar las bolsas de té, además de mantener una especie de pulsión suicida, seguir jugando a la lotería, solo por Navidad.

Mientras seguía contando me di cuenta de lo impecable que era. Lo imaginé yendo a pescar con su corbata y su pulcro rasurado. Entremedias me hablaba también de las guardas, vitelas, jaspe, mancha, signaturas y de las encuadernaciones en rústica, tela, pasta holandesa o tapa suelta. Una delicia, aquél chorro de cariño por su profesión.

Pasados los años la vida pasó factura a Edelmira. Dilapidó con aquel tipo toda la pasta y para colmo tuvo un horroroso accidente en el Merche , como llamaba la muy hortera al coche. Murieron las dos niñas y el chulo, ella perdió las piernas. Agriada y enferma acabó pidiéndole volver a casa. Él se encogió de hombros y la aceptó. Ella siguió martirizándolo: “¡inútil! ¡desgraciao! ¡pocachicha!”, era su sonsonete.

Así hasta hoy mismo .“Mire usted, esta mañana me ha vuelto a pasar, ¡otra vez me ha tocado el gordo!”. Lo observo con asombro y me susurra la que ha sido su dulce venganza. Dentro del lote de libros y fascículos que han venido a recogerle hoy, ha metido al azar y sin fijarse en cual de ellos, los décimos premiados. Edelmira nunca lo sabrá, ustedes y yo sí sabemos que hay por ahí circulando en un libro un puñado de millones. Edelmira tampoco sabrá nunca que esta tarde por primera vez en años, el encuadernador ha hablado y que esta noche sonreirá secando su bolsita de té, con la que da color al viejo pergamino de su vida y su suerte.

José Tuells (tuells@ua.es)