"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Julián Borao

Julián Borao (Bilbao, 1955), es Licenciado en Filosofía y Letras y ejerce la docencia desde 1979. Residente en Bilbao, ha vivido en París, Ferney-Voltaire y Hendaya. Colaborador en revistas poéticas y medios de comunicación ha participado en varias antologías y ha prologado varios libros. Es fundador y presidente de las Noches Poéticas, evento poético musical que se desarrolla en bares de Bilbao, y participa también en presentaciones poéticas y recitales. Su primer poemario individual ha sido “Cuestión de suerte” (Ed. Vitruvio, 2015), prologado por Katy Parra.

BREVE Y REPENTINA

El esplendor perenne de un tiempo irrepetible

cuyo goce se aquieta en el olvido

vuelve de nuevo a mí,

descubriendo las notas de la tierra tiznada

en humedades,

allá donde el espíritu recobra

la realidad palpable de su tímida dicha,

donde la vida cobra su sentido más pleno

para ser más que un cuerpo

que alimenta las horas

con desesperación y abatimiento,

casi la vieja carne temblorosa,

la nitidez, la luz, la transparencia,

y ese instante lejano, ese momento

cuyo cercano goce se percibe en las gotas

de la cálida lluvia,

como si tras el agua insólita de un julio abrasador

sucumbiese a una súbita llamada

que el viento pregonara en las veredas

bajo el sol de otro julio

que aún estaba dorando lentamente

la permanencia ingrávida del agua en la campiña.

Ese sabor a vida

que aceleraba el pulso de los días,

¿acaso me ignoraba?,

¿no era también, quizás, igual que yo

su ansiada plenitud

la que pulsaba el alma en la mañana?

Mas sólo es un destello,

mi propia sed perdida en la memoria

de un lugar olvidado,

una fragancia breve y repentina

en un rincón de entonces desterrada

que la casualidad del aire y de la tarde

filtró entre mis sentidos otra vez

como si todo fuera

de nuevo a suceder.

(De “Cuestión de suerte”. Ed. Vitruvio)

LADRONES DE HORIZONTES

Recuerdo algunos días,

no puedo definirlos con mucha exactitud

mas los recuerdo ahora

mientras estoy sentado

junto al eco de los trenes que pasan

y el valor se estremece

como una rama trémula en otoño.

Llegábamos despacio, improvisando a veces,

mirando a todas partes,

creyendo ser anónimos

surcando los caminos y pendientes

de lugares esquivos

fugitivos del viento y las colinas,

ocultos a la vista

del aire delator que nos guiaba.

Mirábamos a ciegas

sin conocer el ritmo de las horas

ni sus ocupaciones

y ascendíamos siempre,

-con determinación más con cautela-

por árboles previstos

aunque nunca los mismos

para evitar mostrar nuestras costumbres.

Desde arriba

como una panorámica de nuevos territorios

se mostraba de pronto entre las hojas

y probábamos frutos con miedo y con fruición

bajo el frecuente sol del mediodía

o ante la luna llena de ocasiones.

No había más opciones

-aunque ni lo supiéramos-

era nuestra misión estar allí,

evitar ser oídos y no ser capturados

por extraños guardianes del hastío,

tomar las recompensas

sorteando el peligro apresurado,

quedarnos en la altura robando el horizonte,

saber que no hay dilemas

cuando el destino empuja hacia adelante,

desafiar, al fin, la incertidumbre

de ser feliz sin plazos

un instante,

cumplido el objetivo

de frecuentar la dicha de vivir.

(Inédito)