"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Miguel Galanes

MIGUEL GALANES (Miguel Jiménez de los Galanes y de la Flor) nació el 5 de enero de 1951 en Daimiel, (Ciudad Real). Profesor de Lengua y de Literatura. Los libros de poemas, Inconexiones, (1979), Urgencias sin nombre (1981) y Condición de una música inestable (1984) forman su primera trilogía, “La vida errante”. La segunda trilogía, “La vida inútil”, está compuesta por La demencia consciente (1987), Los restos de la juerga (1991) y Trago largo (1994). La tercera trilogía, La vida de nadie”, la forman los títulos Añil, (primera y segunda edición en 1997), La vida por dentro (2007) y El viento me hizo (2010). La cuarta trilogía, “La vida entre todos”, se inicia con Divino Carnaval. El canto de Deucalión (2012). A su labor de crítico se deben: Ética y estética en la joven poesía española: El Culturalismo y El Sensismo (1982), En el final de la poesía moderna: Lo caótico y el interés por la propia personalidad (1983), El imperio de la diversidad: Culturalismo, Sensismo y otros…(1989), El Sensismo: Los estertores de un siglo en su final (1990), El tiempo de los profanadores(1992), El arte de la profanación. Elogio de la individualidad (2003) y El Arte de la Ilusión. Elogio de la dignidad (2008).

 

 

                           PICARESCA 

 

 

PUDO la nada con quienes quería.

Una rueda negra quiso ponerles

atada siempre al cuello

y, a falta de humos,

unos cascabeles al sentimiento,

rejas carcelarias al corazón,

y pintar de amarillo fuerte el sueño,

la imaginación en la buhardilla

de los gatos; y a la enana menina,

porque quiere ser más alta y salta,

nunca en la campana del seminario

sino del cepillo de las limosnas

parvas, sobre la pila bautismal

donde se lanza y sisa lo que puede

de la inteligencia de los claveles

rojos que no quiere y que expone

en todas las esquinas de las plazas

con sones cigarreros y burlones;

ponerle la pamela de los sueños,

naipes sobre una lectura de manos,

rejones de muerte en la cartera,

un sombrero cordobés, la muleta

de una tarde negra y de sangre,

que no soñó vender

y un roído mantón de Manila

bajo el que ocultar todas sus dudas

y sus logros, la pitanza del pobre,

la moral de Pedro Crespo y las cuentas

que falsea cuando absorbe la vida

del otro mientras se ríe y le aplauden

con sorna su mascarada circense.

 

 

 

                           NUESTRO TIEMPO

 

 

                             Por amor de Sión yo no callaré, / por Jerusalén

                             no pararé / hasta que resplandezca su justicia

                             como luz esplendente.

 

                                                                       Isaías (62, 1)

                          

ALGUIEN había escrito en la pared

de aquel transformador de la luz,

y en negro sobre blanco: “Carne Mala”.

A la salida del pueblo, un catre,

latas de cerveza, botellas rotas,

paquetes de tabaco y sin nada,

azulejos rotos y una regleta,

harapos, mechones de pelo negro,

bombillas, una radio y una lámpara,

unas macetas viejas y sin flores,

bolsas de plástico y palitroques

de sillas entre tanto y tanto escombro…,

restos, al parecer, de una juerga,

algunos desahucios del corazón,

la impudicia del arrojo y el descuido,

la mala sangre de telón de fondo.

 

¿Por qué aquello de la “Carne Mala”,

y escrito con esas letras tan grandes

y llamativas como un cartel

de publicidad para los viandantes?

 

“Carne Mala”, sin sus protagonistas…,

ni firma ni insulto a nadie, a secas.

Nunca lo oí así; menos, escrito.

Eso de “esta carne está mala”, sí;

pero tan solo en la carnicería,

y para echársela a los perros.

Sangre corrupta y animal en el fondo.

Pero “Carne Mala”, así a secas…

 

Los días y esas sucias moscas, verdes,

eternamente vestidas de negro,

revoloteando y sin escuela,

pudren la carne vieja bajo el sol.

La moscarda llega a todo, anida

y el calor la dispersa sin escrúpulos,

te roba la sangre y te atrapa

y toma posesión de lo tuyo,

lo destruye y te infecta aun sin nada

de lo que ser dueño, menos que nada.

 

Al final, se quiera o no, todo encaja,

la luz se apaga y se rinden cuentas.

En la búsqueda de otro horizonte,

un cambio de vida, nunca otro mundo;

tú mismo, así, dítelo, tú mismo.

Y si no, ¡mira a tu alrededor!