"Nada es real hasta que se experimenta" John Keats

Homenaje a Galdós

Galdós resucita su culto literario

Un grupo de escritores resucitó ayer la tradición de evocar la memoria del escritor Benito Pérez

Rafael Fraguas Madrid. EL PAÍS 4 ENE 2013 - 23:58 CET

Elgarresta, Mosquera, Soler, Méndez, Infante, Daganzo, Hernández y Fernández junto a la estatua de Galdós, frente a la Rosaleda. / SAMUEL SÁNCHEZ

Un grupo de escritores afincados en Madrid resucitó ayer la tradición de evocar la memoria del escritor Benito Pérez Galdós (Canarias, 1843-Madrid, 1920) al pie de la estatua tallada en caliza por Victorio Macho y erigida por suscripción popular junto a la Rosaleda del Retiro en 1919, un año antes de su muerte, un 4 de enero.

Rafael Soler, Alberto Infante, José Elgarresta, Antonio Daganzo, Ramón Hernández y José Luis Fernández, fueron algunos de los escritores que acudieron a la convocatoria del poeta Pablo Méndez para reiniciar el homenaje, interrumpido desde hace décadas, que fue rubricado con flores y libros del inmortal novelista depositados por ellos en una cercana librería de fábrica, de las tres con las que cuentra el Retiro. Según recordaba José Elgarresta, “Galdós, cuando ya había perdido la visión, asistió aquí mismo a la inauguración de su estatua y palpó emocionado su perfil mientras averiguaba quién era él, ya que su timidez le impidió, durante años, saberlo”. El escritor Rafael Soler, por su parte, señala que “el afecto de Galdós por Madrid más que a un sentimiento casticista obedeció a que fue aquí donde estableció el centro de su rico universo literario”.

Para Alberto Infante, “este homenaje significa el recobrar la memoria de una personalidad literaria sin precedentes en la historia de España, por su valor cívico y por su compromiso social con el pueblo”.

Muchos de los asistentes resaltaron que en el origen de sus vocaciones literarias se hallaba la impronta de la lectura del autor de los Episodios Nacionales. Algunos de los reunidos recordaron el tórrido romance vivido entre Galdós y la escritora naturalista Emilia Pardo Bazán. Pocos madrileños saben que la literata gallega, emblema del progresismo femenino, se encuentra enterrada en la cripta de la cercana iglesia de la Concepción, en un sepulcro signado con las iniciales de la Venerable Orden Tercera franciscana.

Entre los asistentes, Luis Fernández Mosquera, estudiante de Bachillerato en el Instituto Monserrat, confiesa su pasión galdosiana y encarna el duradero futuro de su memoria.

 

Texto leido por Alberto Infante en el homenaje Galdós

Madrid, Parque del Retiro, 4/01/2013

 “Trafalgar” fue la primera novela que leí con una idea más o menos aproximada de lo que estaba haciendo… o intentando hacer, porque yo debía tener por entonces diez u once años, y la fui leyendo a saltos, por “entregas” podríamos decir, durante las semanales visitas a la biblioteca de la casa de mis tíos en la madrileña calle de Torrijos, sin saber quién era su autor, en qué podía consistir aquello de los “Episodios Nacionales”, o a quién de los siete u ocho personas que convivían en domicilio – o de las muchas que lo frecuentaban - pertenecía el ejemplar encuadernado en piel con guarda cantos y letras doradas en la cubierta que yo sacaba y devolvía cada vez, con religioso cuidado, a su lugar en el estante.

Por supuesto, no logré terminarla. Y de lo que leí probablemente no entendí ni la mitad y retuve después mucho menos. Sin embargo, el recuerdo de aquél intento fallido me siguió de durante años y me despertó un apetito por seguir leyendo que no se ha saciado todavía. 

En primer lugar, novelas de aventuras. Pues eso fue – y en gran medida aún sigue siendo - para mí “Trafalgar”: una espléndida novela de aventuras, un texto capaz de incendiar la imaginación, atropellar los sentidos y llamar al riesgo. Y también, el primer aviso de que en la vida hay victorias y derrotas y de que estás suelen ser más frecuentes y enseñan más que aquellas.

Y luego todo tipo de literatura desde la poesía a la crónica periodística, de los relatos de viajes a los libros de ensayo.

Con los años fui aprendiendo más cosas sobre “Trafalgar”, sobre los “Episodios Nacionales” y sobre Galdós. Aprendí, por ejemplo, que con “Trafalgar” Galdós abrió la puerta a la intrahistoria y al recurso a las fuentes orales en la  moderna novela española; que pese a lo que pudiera parecer “Trafalgar” es sobre todo una novela antiheroica y antibelicista; que Ezra Pound consideraba a los “Episodios Nacionales” la mejor obra literaria escrita en español desde “El Quijote”; que Galdós escribió mucho, muchísimo (por ejemplo, artículos periodísticos, memorias, teatro y crítica musical) prácticamente hasta el final de sus días; que tradujo “Los papeles del club Picwick” de Dickens al español y los publicó; que fue mujeriego, manirroto y desprendido, sobre todo con los pobres; que la monarquía conspiró activamente para que no le concedieran el Premio Nobel de 1912 por su militancia política (había compartido con Pablo Iglesias la cabecera de la primera conjunción republicano-socialista de la historia de España) y se lo dieran a Echegaray en su lugar.

Pero todo eso lo aprendí después. En algunos casos, mucho después. Porque lo que yo no podía saber entonces - y, sin embargo, ha sido lo más importante para mi - es que a “Trafalgar” y a Galdós les acabaría debiendo una de las cosas más importantes de mi vida junto con el insaciable apetito de leer: el gusto por contar y la voluntad de escribir, esa firme y sostenida determinación de contar con palabras y de recrearme contando - no solo ni siquiera principalmente para dar testimonio o compartirlo con otros  - sino para comprender y comprenderme, y en esa medida irme haciendo al tiempo que vivía.

De un modo u otro, todos somos producto de nuestra memoria y cronistas – más o menos fallidos - de nuestra propia vida. Pero solo a unos pocos les son dados la capacidad y el talento necesarios para convertir en colectivas sus personales historias y en propias las de los demás. Y la voluntad y la constancia para lograrlo.

Galdós, que situó al pueblo llano – las preocupaciones, aspiraciones, grandezas y miserias, y el modo de hablar del pueblo llano - como protagonista de sus “Episodios”, fue, sin duda, uno de ellos. Y la gente se lo agradeció de muchas maneras. La elite literaria y artística de su tiempo asistiendo a la inauguración oficial de esta escultura de Victorio Macho, levantada por suscripción popular, que dos meses antes en enero de 1919, el propio Galdós, ya ciego, acarició con sus propias manos, emocionándose por su realismo. Y el pueblo llano acudiendo en masa a despedirlo el día de su entierro: se dice que veinte mil personas se congregaban frente a su casa de la calle Hilarión Eslava cuando, tal día como hoy, el cortejo fúnebre partió hacia el cementerio de la Almudena.

A Galdós, que fue un hombre bueno y un escritor monumental, quienes leemos y escribimos en español le debemos mucho.  Al menos yo se lo debo.